El duende del atardecer
Escucha, Quico, no sé si conoces la leyenda del duende del atardecer. Aunque algunos le dicen duende, otros hado, otros brujo. A mí me gusta duende.
Siempre había creído que aquella leyenda no era más que un mito, otra historia para romantizar algún misterio de la vida, contado como si fuera el fruto de una fantasía para divertirse y así pasar el rato, pero resulta que no. El duende del atardecer, es real, y su leyenda verdadera.
Estaba el otro día pasando el día en el campo, hasta entrada la noche, y cuando en el cielo el sol iba camino al ocaso, cuando el aire frío empieza a soplar con más fuerza, cuando los colores del campo poco a poco se desvanecen entre la penumbra, no me lo podía creer… ¡Ahí estaba! ¡Lo vi! Sí, el duende del atardecer.
Asomado al horizonte, donde el cielo se viste de un precioso naranja por la puesta, miraba la tierra concienzudo como si mirase un cuadro.
Al principio me asusté un poco, normal ¿No? Claro. Pero de pronto caí en la cuenta de quién era. Lo miré, me miró, y me dijo unas palabras, algo que él llamó la memoria del atardecer.
Esto es lo que me dijo:
Un ayer se dibuja en tu memoria, atardecer, despreocupado, cálido e inmortal como una fotografía; como el despertar de un sueño.
Recuerdo del mediodía que atraviesa mi cuerpo, como un paisaje, oculto de la ciudad, bañado bajo el sol del lorenzo, al que recorre el terciopelo de la brisa que se mece en el campo.
Paisaje eterno y fugaz, maravilla de algunos soñada, donde el verdor se alza a un cielo azul de radiante morada, en aquel instante perfecto, que a sí mismo se imagina en tiempo, para verse en tu mirada.
Mágico atardecer, rey de la nostalgia, amor de la melancolía, un ayer se dibuja en tu memoria, recuerdo del mediodía, y un mañana despunta, misterioso, en el esplendor de tu cabello, al que tiñes de naranja, allí en el horizonte donde brilla tu destello.
Con la puesta de sol, en tu seno duermes la alegría del día que el mediodía eterniza con su libre canto, infatigable, melodía en la que danzan la juventud y su rostro; expresión del cielo que nunca muere y el corazón adivina, en los colores que visten al campo, y se entregan a la hermosura eco de su luz divina.
Pero atardecer, tú que estremeces al pulso del tiempo, que tu verdad esculpes con el susurro que ruge en el viento, tu amanecer me recuerda que nacer se hace morir, que existir es sentir, y vivir, un momento.
Que sufrir es perder, amar es saber, y querer, un lamento.
A tu paso, atardecer, poco a poco, la tierra se desvanece.
Los campos, que de felicidad saltaban al sol, son acechados en la penumbra que a tu son aparece.
Dulcemente, las tinieblas van cayendo sobre los montes, cubren los prados, los valles y los ríos, y sus colores, tan vivos antaño, ahora en cambio, tiemblan de frío.
Una sombra se ocultaba en la eternidad, y vuelve para llevarla, trayendo la fugacidad que empezaba a soñarla.
Pero antes de que la oscuridad lo engulla todo en su vuelo, querido atardecer, hijo del cielo, todavía traes un regalo, y augura la promesa que despierta el anhelo.
Impasible, la sombra se cierne devorando la tierra, pero el cielo en guerra, atardecer, contigo a su lado, pinta en el horizonte del alma sueño esperado…
… aquello que ilumina más allá de la sombra, viaje de la puesta de sol, camino de luz, que tiñe de sangre anaranjado, tenue, brillante, lleno de vida, su paso al otro lado, desde un mundo nuestro, mortal, vivido, que la noche ha tragado.
Amado atardecer, pórtico del gran secreto, horizonte del ocaso, mortal frente al tiempo, inmortal en su poso.
En tu resplandor, que abraza la noche de los tiempos, el anuncio de un mañana eterno, tan eterno como el mediodía, trae la esperanza de un sueño, que desde el interior, siempre vivo, sueña escondido en mi cuerpo.



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