Sentado sobre la hierba del parque al que acude cada tarde, junto al tablón que pone frente a sus rodillas como soporte, como cada día, se dedica a construir un castillo de naipes con la baraja que guarda en su bolsillo.
Quizá no sea el mejor lugar. Puede que no sea el sitio más indicado para levantar su castillo de naipes, pero la cosa es que, sin faltar un día, allí se dedica a levantar concienzudamente su castillo de naipes, sentado sobre aquella hierba del parque al que tanto le gusta acudir.
El viento, corriendo por el parque a su antojo suele tirarle su castillo antes de que pueda llegar a terminarlo. Cosa que no siempre se toma de la misma manera. A veces maldice poniendo el grito en el cielo; ¡No! Pero… ¡Por qué! ¡Por qué justo ahora! ¿No había otro momento?.. No.. Claro que no. ¡Tenía que ser ahora, verdad! Con lo que me ha costado… ¡Tenías que mandarlo al traste! ¡Cuando solo faltaba la torre! Y lo peor de todo es que… ¡Tú lo sabias! Lo sabías y aun así… ¡Aun así te ha dado igual! ¡Y tanto que te ha dado igual!… ¡Te ha importado un pimiento! ¿Por qué no hacerlo trizas, verdad? A un tris de acabarla y… cuando ya solo… No puede ser… como si no fuera nada…. ¡Lo has tirado todo!
¡Lo has hecho por eso! ¡A propósito!.. ¡No tienes corazón!
– Y aquí nuestro querido maldecidor, revoloteando en círculos presa de la turbación que lo empujaba, tras llegar a tal conclusión masculló para sus adentros – tanto como en ese momento supo contenerse – las palabras que entre los labios se le escaparon como un intenso murmullo. Palabras que, reflejando la incrédula y airada sensación que experimentaba, creciendo en su voz rezaban en una bocanada de descontento y desaprobación la tan malvada canallada de la cual su persona había sido objeto; Conque viene aquí… yo que no me meto con nadie, que vengo de buena fe, con mis mejores intenciones a levantar mi castillo, sin molestar a nadie, y justo cuando… Ya veo…Conque te gusta divertirte a mi costa ¿eh? ¿Te ríes? ¿Te ríes? Conque esas tenemos. ¡Pues mira bien! ¡Porque soy yo quien se ríe! JA-JA-JA -Decía exaltado hasta el límite de encontrarse fuera de sí, mientras pisoteaba y saltaba sobre las cartas esparcidas por el suelo-
¡Y a mí qué, eh! ¡Qué me importa! ¡Si solo es un castillo de naipes! Puedo quemarlo.. escupirlo.. ¡Echarlo abajo si me viene en gana! O levantar otro tantas veces como quiera. ¿Me oyes? ¡Y así lo haré si quiero!
Cuando terminaba su monólogo, que tan efusivamente le propinaba al viento, como si realmente el viento hubiera conjurado contra su construcción esperando el momento oportuno para derribarlo, volvía a sentarse y, reacomodándose, empezaba de nuevo a construir su castillo.
En cambio otras veces, cuando levantaba su castillo y el viento lo tiraba, solo soltaba un pequeño suspiro; un suspiro más reflexivo que nostálgico. Un suspiro que parecía esconder más curiosidad que melancolía. Incluso una cierta agitación, como la del desafío provocado por la inquietud de un pensamiento que aparece de pronto en la cabeza y en el que no se había reparado hasta entonces. Situación a la que dedicaba largos momentos de meditación. Y es que, había veces que lloraba, veces que reía, veces que, como si nada hubiera ocurrido, como si el castillo no se hubiera caído; que no fuera ahora un reguero de naipes desparramados por encima del tablón y la hierba, volvía a empezar de cero, en lo que pareciera fuera continuar justo donde lo había dejado en la última carta.
Una tarde, gentes vieron como levantaba su castillo en mitad del parque, y comentando entre ellos, por fin decidieron acercarse hasta él.
– Hola. Perdone usted. Verá, estábamos mis amigos y yo a ese lado del parque y, al verle, no es que sea nuestra intención molestarle pero no hemos podido evitar preguntarnos ¿Qué hace aquí, amigo?
-Construyo mi castillo de naipes.
– Pero, por dios santo, ¿por qué no lo construye usted en su casa, buen hombre? No ve que aquí el viento se lo va a tirar por tierra… Su casa está perfectamente diseñada para que ninguna aislada y rebelde ráfaga de aire, por pequeña que sea, ponga su gozo en un pozo. Ni tampoco el que algún imprevisto le impida a usted construir su castillo tan alto como así lo quiera, guste y desee. Allí encontrará el lugar idóneo para levantar su castillo sin ningún problema. Podrá disponer de los utensilios con los que lograr medir el posicionamiento de cada una de las cartas de su castillo con un margen de error tan mínimo que resultaría prácticamente inapreciable, tan imperceptible que se le saltaría a usted la risa, cosa que no podrá conseguir aquí. Mientras que aquí todo son pegas e inconvenientes; como ese tablón viejo que cojea, o las inclemencias del tiempo, un perro que pueda pasar por medio, un balonazo fortuito o ¿quién sabe? ¡vaya usted a saber! Póngale mente, amigo. Allí no se encontrará usted nada más que con ventajas. ¿Por qué no piensa en la tranquilidad que le proporcionará hacerlo en su casa sin que nada le incomode; como el estar aquí sentado de mala manera? O en la comodidad que hallará contando con que nada inesperado le sobresalte haciendo que su castillo se desmorone. Nada escapará de sus manos.
Piénselo dos veces y verá usted que solo encuentra buenas razones para no construir aquí su castillo, y comprenderá que su casa es la mejor opción.
– Me gusta construirlo aquí, por eso vengo a este parque. Me gusta el viento, la hierba y mi tablón. Que los niños jueguen a la pelota, que los perros paseen. Que pueda llover o nevar. Me gusta no poder controlarlo todo, es emocionante.
– Pero usted quiere construir su castillo ¿no es así? Piense en el viento, insensato, que se lo puede derribar en cualquier momento.
– Precisamente, por eso vengo. A veces, cuando no hay viento, soy yo mismo el que muy de a gusto sopla para destartalarlo.
– Mejor vámonos de aquí porque no sabe lo que dice, ha perdido la cabeza… Vamos, chicos, salgamos de este lugar. Escondámonos tras aquella tapia, al otro lado del árbol y lancémosle una buena lluvia de piedras. Pero.. ¿Quién se habrá creído?… ¿Acaso… es que acaso nos ha tomado por tontos? Pues.. ¡No señor! ¡Nada de eso! ¡Está usted muy equivocado! Sepa que no se puede ir por ahí tratando así a la gente… a gente que solo trata de echarle una mano… ¿Es que acaso dije alguna sandez? ¿Me tomó por un estúpido.. como para concederse la libertad de reírse de mí? ¿De reírse de tal manera? Que le gusta el viento.. ¿Habéis escuchado? ¡Que por eso viene! Y que si no él… ¡Vaya que sí! ¡Menudo sinvergüenza! Menospreciarme con tamaña insolencia… como si fuera yo un ingenuo cualquiera que hablara por hablar ¡Como si mis palabras no tuvieran fundamento! Cuando es más que sabido por todos que… Pues sepa usted, muy señor mío, que no consentiré que nada ni nadie me insulte en mi propia cara, y menos un pelagatos como ese… ¿Conque te gusta el viento, eh? Y la lluvia también. ¡Pues vas a conocer la fuerza del granizo! ¡Al cuerno con él! ¡Apuntad bien, chicos! ¡Fuego!



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