Cada día tienes un nuevo corazón. Es el mismo corazón. El tuyo.
Pero cada día tienes un nuevo corazón. Para este corazón cada día es una vida, nace y muere, al día.
Mientras bombea entre el abismo de sus parpados, abalanzándose a brillar entrelazado en la explosión del sueño…
…nadie despierta siendo un hombre de hojalata…
Pero lo que no se sabe del hombre de hojalata es que no queda un hueco vacío donde debiera estar su corazón. Entre las junturas que dan forma a su cuerpo sin latido; a través de su suave y metálica piel sin pulso se filtra el aliento del viento. Ya que la piel de metal del hombre de hojalata destripa en su paso al viento y sus entrañas, el halito del viento corre libremente deslizándose por el hueco donde debiera estar su corazón.
Un viento helado desde el abismo en que se desata el fulgor de la profundidad más lejana de la oscuridad, mana con la fuerza que eleva los cielos para atravesar el vacío que se forma en el hueco donde el hombre de hojalata debiera tener su corazón.
Un viento que arde con la velocidad con que relucen sobre la apagada tierra, envuelta en las tinieblas que devoran al sol y las estrellas, los rayos lanzados desde el olimpo para sentir cada pulgada de aliento como la búsqueda que se desvela para velar cada onda y cada fluctuación, donde el eco de su grito rezuma; ¡Corazón!.
El hombre de hojalata no conoció el amanecer. Pero conoció su ocaso. El ocaso de la vida. El día y su sueño. El día y su último canto; ¡Despierta!



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