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El barco de Paco

El barco de Paco

– Escucha, Paco, tú que así a tu manera eres tan así como… Bueno… En fin, ya sabes. ¿Cómo no lo ves? ¿No ves que tiras el tiempo? El tiempo es el agua para nuestro barco. Constrúyelo como quieras, Paco. Pero ¿Para qué levantar semejante barco sobre la arena? Aquí estás, sudando bajo el sol, cortando madera, cargando troncos, enfrascado en tal construcción. Sí, te dejo pasar, Paco. Te dejo pasar. ¿Qué es eso, para el timón? ¡A manos de un loco va a estar el timón!

– Voy a parar un rato para comer algo ¿Te apetece un poco? Tengo carne, ensalada, también algo de fruta. Venga, siéntate. Toma un plato. ¿Has visto qué buen día hace? ¡Cómo pega el sol! ¡Y qué brisa más buena!

Qué bonito se ve el día cuando pega el sol de mediodía. El verde de los árboles que hasta las puertas del cielo llegan con sus copas, el marrón cremoso de la arena que baña este paisaje como un mar sobre el que posarnos contra el vacío, el blanco de las nubes como esponjosas islas que se mecen en el claro azul del cielo ¡Adónde irán surcando infinito el océano! Pues siempre son bonitos, Quico, pero bajo los rayos del sol ¡Qué frescura y viveza tienen los colores! Que la fresca brisa pareciera ser la artista que los pinta. ¡Y a cada su pasar de más vida a los colores llena! ¡Que parpadear es perderse una belleza irremplazable! Mas, que tras el amanecer en que el parpadeo resurge a la vista ¡Cuán mayor es la hermosura! Que la tierra se viste de gala, y los árboles, ¡Míralos! Qué esbeltos y coquetos brillan bajo el sol, y esas nubes como el algodón, más blancas y suaves que la fina nieve.

El día está hecho para los ojos. La luz es la calidez del espacio ¡Y mira qué amplitud! Hasta llegar a aquellas lejanas montañas del horizonte, que tan pequeñas se ven desde aquí ¡Y resplandece todo tan hermoso, que allí donde pongas los ojos no es sino una pequeña parte que suma en su belleza! Si existe un paraíso más bonito que este, no debe estar hecho para el hombre. Lo mereciera o no. Tú qué crees, dime ¿Lo mereceríamos?

– ¿Por eso construyes este barco? Que anclado en tierra irá hasta lugar ninguno. Pues partiendo desde tal sitio necesario es llegar haga a ninguna parte ¡Vaya un viaje a manos de tremendo marinero!

– ¿No has visto las nubes? Cuestión de tiempo es que llueva.

– ¿Conque es por eso? Eres tú aquel hombre justo.

– Soy justo aquel hombre que construye este barco. La tierra hace llover los cielos, y yo he soñado con su lluvia.

En mi sueño había un desierto. Un gran desierto, con oasis aquí o allá, el cual recorría de un lugar a otro cruzando sus arenas ¿Qué buscaba? Encontrar eran mis pasos hechos de búsqueda bajo el sol que me impulsaba sobre la ardiente arena.

Arena y más arena es el desierto. Y caminar. Un errante peregrinar. Un sendero desnudo. Un valle de arena inmenso en el que sus dunas, convertidas en montaña, se levanta en la lejanía como un centro.

Allí me encontraba, a los pies de la montaña. «¿Adónde vas, caminante?» «A la cima de la montaña.» «¿Qué esperas encontrar?» «Su altura.» «¿Sabes lo que encontrarás? Nada. Del gran desierto vienes y al pequeño desierto te diriges. No te entretengas en subir y da la vuelta.». Mas la vuelta me llevó a los pies de aquella montaña.

A mitad de camino de su cima había una casita, una pequeña casita de madera, y a las puertas, sentado en una silla mientras calentaba algo en un pequeño fuego, estaba aquel que me advirtió de dar media vuelta. «Pasa, te daré algo de comer.». Así que pasé tras él. «Conque no eres amigo de tomar consejos. Pero sí aceptarás esta mi ofrenda ¿Verdad? De la necesidad tomas y aceptas, más de la prudencia como si fuera un vicio rehúyes en tu caminar.». Se puso a cocinar algo de espaldas a mí, sobre una gran mesa pegada a una de las paredes que daba a una ventana. «Sois tan sucios lo que camináis por el desierto, tan descuidados. Mira tus zapatos, llenos de arena y de agujeros, pero hace cuánto no repararás en ello. Tu cuerpo ligero parece estar hecho para correr de aquí para allá este desierto. ¿De dónde vienes?» «No lo sé. La verdad es que no lo sé, llevo tanto tiempo caminando que… Lo he olvidado.» «¿Y a dónde vas?» «A la cima de la montaña.» «Conque tus pies se han cansado de caminar, y ahora tus ojos quieren ver. De vanas esperanzas llenas tu cansado pecho. ¿Sabes lo que verás? El mismo desierto que día y noche recorres. Nada más. Nada te espera allí arriba sino el aire de tus esperanzas, soplando como un aullido inmisericorde.». Se dio la vuelta y me trajo un plato, «Toma, come un poco.», y nos sentamos en una mesa que había en el centro del cuarto.

«¿Has visto los árboles? ¿No los envidias? ¿Qué hace un manzano? Da manzanas. Grandioso ¿Y un peral? Da peras. Sublime. ¿Te has encontrado ya con el león? Seguro que sí ¿Qué hace el león? Ruge. ¡Qué miedo! ¿Y la serpiente? Sisea. ¡Cuidado! ¿Y el hombre? ¿Qué hace el hombre? ¡Qué crueles fueron con el hombre! Dime, ¿No envidias a los árboles? ¿O tú envidias al león? ¡Sigue caminando! ¡Vuelve al desierto! ¡Da la vuelta! Allí donde te diriges solo encontrarás la desgracia. Ese pequeño desierto que te espera te abrasará los pies, y quemará tus ojos. Vuelve a la felicidad. No tientes a la montaña, pues en sus entrañas dormita un horrible monstruo que se cansó de sí mismo, y en cubrirse de piedra hizo lugar en el que yacer. ¡Vuelve al desierto! ¡O el monstruo te comerá!» «Voy a seguir subiendo la montaña. Tengo que caminar, y mis pasos siempre me acaban conduciendo a esta montaña. Dar media vuelta solo es terminar volviendo aquí.».

De pronto empecé a sentirme cansado. Cuanto más comía más cansado me encontraba. Aquella habitación empezó a moverse y las formas se distorsionaban cambiando su tamaño y figura en fluidas contorsiones, como si estuvieran hechas de gelatina. «Estoy cansado, y mareado… Tengo que tumbarme.» «Te lo advertí, chico. Ahora duerme.».

Desperté entre algunos arbustos, con la cabeza aturdida. No sabía cuánto había dormido pero aún me quedaba la mitad del camino.

Una vez llegué arriba, me giré para ver cuanto a mi espalda quedaba. Era espectacular. Se veía todo el desierto desde la cima. Allí, salvo una gran piedra no parecía haber gran cosa, así que me puse a andar. Caminando hacia la otra ladera de la montaña me pareció ver que estaba llena de vegetación. Me dirigí hasta llegar al borde, y sobre la tierra de aquella ladera se extendía un inmenso vergel. Árboles y flores era lo único que podía ver, y empecé a bajar mezclándome entre los árboles por aquel suelo florido. Caminé un buen rato, mirando aquí y allá disfrutando el paisaje.

 Los árboles estaban cargados de frutas, pero no probé bocado. Me sentía algo mareado y tenía el estómago cerrado. Según más me adentraba en aquel bosque de vergeles más intenso se hacía el olor dulce de la fruta y me hacía sentirme más mareado, pues se hacía tan fuerte que, aturdido como estaba, se volvía casi una textura, algo físico que llenaba el ambiente con su denso perfume.

Desde algún lugar por allí cercano empecé a escuchar sonidos. Sonaban como tambores, o algún tipo de percusión rítmica que retumbaba el ambiente. Fui hacia donde me parecía que era le lugar desde el que venía aquel ruido, y cuanto más sentía que me acercaba más cubierto estaba el suelo, aquí o allá, de una especie de polvo gris. Seguí caminando hasta que empecé a ver un grupo de gente. Un montón de personas se reunían en un claro de aquel bosque. Decenas de personas se juntaban en torno a un pequeño altar hecho de troncos y, otros, danzando en círculos, bailaban alrededor de una hoguera.

Me quedé a cierta distancia mirando aquella escena tratando de descubrir qué sucedía. Cuando de pronto, un hombre subió a aquel altar de troncos y comenzó a decir algo, y al momento los tambores y las pisadas de aquellos que danzaban se intensificaron. «¡Hijos de la sangre del mundo! ¡Festejad el día! ¡Pues los secretos de la montaña nos serán revelados! ¡El ojo del monstruo nos enseñará sus misterios! ¡Somos el reinado del tiempo! ¡Talamos el gran cedro de la noche, y al desmembrar su carne, encontramos el germen de los cielos! ¡Las siete puertas serán abiertas por el monstruo! ¡Sus cuarenta y nueve soldados tocarán nuestro corazón! ¡Démosle cuanto es suyo! ¡No temáis!».

La gente rugía frenética, fuera de sí, arrancándose la ropa y los cabellos en convulsiones al son de los tambores como poseídos por el frenesí. Los que danzaban alrededor de la hoguera avivaban el fuego echando trozos de troncos o algo parecido, no lo veía bien.

«¡Al volver al desierto dominaremos la sombra de la piedra de los mil colores! ¡Festejad el día! ¡El feto de las tinieblas será devorado por el monstruo! ¡Y de sus fauces luz nos será dado el alimento del crujir de los cedros! ¡Démosle lo que es suyo! ¡No temáis!»

Yo cada vez me sentía más mareado. Se me nubló la vista y empecé a tambalearme. Traté de apoyarme en un árbol tras el que estaba de pie, pero mi mano no alcanzó a posarse en el tronco y caí al suelo.

«¡Hay alguien ahí!» Gritaron desde la multitud. «¡Traedlo, que no escape!» Dijo aquel subido al altar. Y como una manada de perros, gruñendo como fieras, entre risas y rostros enajenados comenzaron a correr hacia mí.

Como pude me levanté y salí corriendo, tratando de perderme entre los árboles. El sol estaba cayendo y la luz cada vez era más tenue, mientras la noche, tímidamente, asomaba su querer desperezarse el moteado rostro que en beso se funde con la oscuridad que mueve al atardecer.

Iba esquivando árboles, sacudiendo la cabeza para tratar de recuperar la vista que iba y venía borrosa, girando entre aquel laberinto de árboles para tratar de llegar a la cima por donde buenamente recordaba mi intuición que debía estar.

Poco a poco los sonidos iban quedando más y más atrás, haciéndose un eco sordo que se iba desvaneciendo a cada paso de mi caminar, no sé si porque los perdiera o porque volvían allí donde se reunían.

Llegué a la cima y, como estaba agotado, no encontré las fuerzas para bajar por la otra ladera. Me acerqué a la piedra que había en un lado, subí por un par de hendiduras que había marcadas en un lateral y me tumbé boca arriba.

Tras la piedra, oculto por ella, ahora que estaba tumbado encima y la noche ya se vistió en el cielo con su traje de luciérnagas, vi que un destello brillaba meciéndose en un vaivén. Acomodé el cuerpo, giré un poco la cabeza y vi que tras la piedra había una pequeña laguna, una laguna en la que se reflejaba el vestido de la noche.

Bajo la luz de las estrellas, mecida por la brisa de la noche, aquel pecoso trozo de tierra brillante que bailaba junto al viento en el cuerpo de la laguna, me pareció tan precioso, tan bonito, tan encantador, que me acerqué cuanto pude al margen de la piedra para poder verlo más de cerca. Pero al apoyarme en un saliente de la piedra, este cedió, me hizo perder el equilibrio y caer en aquella laguna.

¡Qué sensación más refrescante! No pude menos que empezar a chapotear de un lado a otro, con las fuerzas que aún me quedaban, moviéndome por aquel agua suave como el terciopelo. Nadaba de espaldas, sumergía la cabeza, o me dejaba arrastrar por los impulsos en que flotaba por aquella laguna.

Pero pronto empecé a notar algo extraño. Aquel agua era realmente ligera, tanto que apenas parecía una caricia en que me envolvía. Pero cuanto más nadaba, cuanto más chapoteaba, más denso sentía que se volvía mi cuerpo. Los movimientos cada vez me costaban un poco más. Los brazos y las piernas cada vez se hacían un poco más pesados. Así que decidí ponerme de tal manera que mi cuerpo quedara parejo a la superficie, traté de respirar, relajarme y no pensar en nada. Y mirando al cielo me fijé en algo en lo que no había reparado hasta entonces. Mientras me bañaba, el agua ondulaba la laguna, y las estrellas que se reflejaban, ondeaban como si estuvieran dibujadas en un manto en que bailaban como una bandada de pájaros cuando juegan en la misma corriente de aire. Pero ahora mirando al cielo, no era la laguna la que distorsionaba la imagen que reflejaba las estrellas. El cielo mismo estaba meciéndose en el mismo contoneo en que el agua de la laguna era movida mientras me bañaba en ella.

Empecé a moverme por el agua mientras miraba al cielo, y así como el agua de la laguna movía su superficie, el cielo danzaba al son de sus movimientos que, envolviendo la tierra, se mecía allí en su inmensidad jugando al ritmo del agua de aquella pequeña laguna. No era la laguna la que reflejaba el cielo, era el cielo quien estaba siendo reflejado por la laguna.

Cada vez me costaba más mover el cuerpo, hasta el punto que ya no podía moverme hacia la orilla. Poco a poco empezaba a hundirme, y cada vez me costaba más mantenerme a flote. Me fui hundiendo cada vez más y más, hasta que al final, sin poder evitarlo me sumergí por completo.

Veía como la superficie cada vez se alejaba un poquito más, dejando mi cabeza por debajo del agua, mientras despacio caía hacia el fondo por el que estaba siendo tragado. Y a mi alrededor, flotando en aquel agua que cada vez se volvía más oscura, estrellas llenaban ese acuoso espacio de su interior que se dirigía hacia la imagen de una profundidad interminable. Suspendidas en el interior de la laguna, mientras me hundía en sus adentros, volando en su nadar que era el moverse por aquel misterioso espacio que daba cabida a semejante imagen, las estrellas, que poblaban tal lugar con su cuerpo brillo, dejaban ver como aquella basta inmensidad que era la laguna dibujaba un espacio que se extendía sin límites. Los rayos de las estrellas atravesaban aquel agua en el que estaban sumergidas, e iluminaban una oscuridad tan intensa que parecía el vientre de un abismo.

Tanta era mi sorpresa al ser tragado por un cielo de agua que no me dejaba sentirme intranquilo, pese al miedo que sentía mientras me hundía. Miraba hacia todas direcciones contemplando aquel paisaje imposible, maravillado por cuanto veía, envuelto en ese misterioso lugar fantástico que me arrastraba hacia su interior. Estaba fascinado, sentía el corazón entusiasmado, pero una serena calma se hacía dueña de mí. Una extraña clama hecha de pura excitación. Como si estuviera volando en un lugar impensable, nada tenía que pensar, ningún pensamiento reclamaba mi atención con la cotidiana urgencia con que se visten de necesidad. Mi pensamiento eran ojos que miraban; piel que sentía; oídos que escuchaban aquel silencio del agua; una sonrisa que se dibujaba tiernamente frente a cuanto conocía.

Volando en el interior de aquella laguna cielo, conteniendo la respiración, la sensación de ahogo se mezclaba con aquella suave agua en la que flotaba hecha el cuerpo que me abrazaba. Viendo cómo los rayos buceaban por aquella laguna, con mis manos rozaba la luz que flotaba en su agua, la acariciaba con los dedos, sintiéndola resbalar por mi piel haciéndola resplandecer a su tacto como una suave descarga eléctrica. Y de pronto, algo sucedió. Desde el fondo, que parecía no tener fin, se abrió una grieta, tan brillante que ese espacio infinito de agua oscura se volvió un resplandeciente destello.

Ahí es cuando desperté. Pero unos segundos antes de despertar, al cruzar aquella grieta, por un instante, pude ver cuanto allí mi vista alcanzó en su mirada, que, como un parpadeo fugaz, consiguió ver en un abrir y cerrar de ojos su interior.

Entonces vine hasta aquí, y comencé a construir este barco.

– ¿Y qué es lo que viste?

– Vi cuanto hay al otro lado.

– ¿Y qué hay?

– No existe palabra que pudiera describirlo, Quico.

– Pero tú sabes que eso no fue más que un sueño, ¿Verdad, Paco?

– No sé lo que fue, y ¿Sabes? Puede que esté equivocado, no lo sé, pero fue una sensación tan real, una sensación de ser atravesado por algo tan real, por una verdad una, como sentimos en aquel solitario rincón del corazón que debe ser la verdad, que si fue un sueño ¿Qué importancia tiene?

– ¿Cómo podría la verdad hacerte construir algo inútil, en medio de ninguna parte?

– Ninguna parte es el tiempo, Quico. Ninguna parte es el espacio. Ninguna parte son las palabras. Ninguna parte eres tú y ninguna parte soy yo. Ninguna parte es cuanto me pudieras decir. No estamos en ninguna parte, por eso las soñamos todas. La lluvia llevará a cada barco a donde pertenece. Yo construyo mi barco, Quico, porque he soñado con la lluvia.

–  ¿Y de qué te servirá tu barco si al final no llueve, Paco? ¿Qué me dices a eso?

– Yo tengo que construir mi barco, Quico. He visto la lluvia en mi sueño.

– Trabajas en vano, Paco. Es un obrar inútil.

– Inútil es el hacer del hombre, y el hacer del hombre necesario. Esa es su gran utilidad, la torpe insignificancia que crea el mundo. Dime ¡Has visto ese árbol! ¡Míralo, Quico! ¡Míralo! ¿Lo ves? ¡Justo ahí! En sus ramas se posan decenas de pájaros, a descansar, a comer sus frutos, a sentir sus hojas en su plumaje. En invierno les da calor protegiéndolos del viento helado. En verano los refresca del ardiente sol que golpea el aire. ¿Has visto? A sus pies crea una sombra, para que podamos sentarnos a comer guardados por el frescor de la brisa de aquel sol que arde a la piel del cuerpo nuestro cuando sus rayos lo tocan. ¡Que el mundo es un paraíso! ¡Y nos merecemos hasta la última gota de aire! ¡No sé por qué! ¡Y no tengo ni la menor idea! ¡Pero así debe ser!

– ¡Ese barco te tiene desquiciado, Paco! ¡Acabarás por perder el juicio! Dime entonces, si tal es lo que me dices ¿Cuál es aquel lugar del que me hablas? ¿Por qué construir tu barco sobre la arena por una vaga ilusión?

– ¡Ay, si pudiera decirlo! Para los ojos el día no podría ser más perfecto. Recoge cuanta belleza toda existe, y se hace tal perfección en su hermosura inagotable. Es un interminable juego en que las formas y los colores bailan despertando tan grandiosa ternura, que el sosiego de una sensación de incredulidad y excitación embriaga hasta el arrobo la profundidad interminable que no deja de extenderse hasta los confines de lo imaginado en esa su imagen de hermosa perfección.

El día está hecho para mirarlo, y la brisa que lo recorre le regala esa amplitud que llena del sueño de movimiento al paisaje que puede ser mirarlo. ¿Dónde está la majestuosidad de su belleza? Seguro que te has fijado. En las distintas texturas y formas de las nubes, los colores y la intensidad del brillo en que ello se perfila dándose la figura de la que se visten en el cielo puedes ver esa majestuosidad, aquello cuanto es digno de llamarse perfección. Pues, algo tan vano como las nubes, se llenan de una perfección cuya belleza se hace tan y tan hermosa que, por un instante, baña al corazón en el precioso charco de la felicidad, al mirar la sutileza de tal belleza toda en apenas un par de ojos. Igual sucede con las montañas, los árboles, el mar, cualquier cosa que se despierte como el cuerpo del que nació y en el que se levanta con su luz el mundo.

En la luz del día no puede haber una perfección que no sea cuanto en él mismo se muestra. Es aquello completo en lo que vive su perfección.

Pero el día, poco a poco, pasa sobre sí. Paso a paso camina en él hacia la noche. Su brillante luz empieza tan lenta como sutilmente a perder fuerza en su desvanecerse. En un fluido caer su brillo se va guardando en sí mismo.

Y aquella tierra toda cuerpo de perfección, reflejo de su propia divinidad autosuficiente, se va apagando. El sol ya no resplandece sus formas aunque las ilumine. La sombra empieza a cubrirla como un fino manto que, de la luz que hacía tal perfección, se alimenta, en el pasar del día por el cielo, transformando esa tenue sombra en el camino a la pronunciada penumbra.

La nostalgia envuelve al mundo, sus colores y formas van siendo difuminados por aquella radiante luz que ahora se los lleva en su desvanecerse tierra. «¡Dónde te los llevas! ¡Oh, Dios día, como puedes matar la eternidad! ¡Cómo puedes matarla tan dulce y lentamente ante mis ojos que no dan crédito a tal tu voluntad!».

El cielo se viste de atardecer, y la tierra se cubre de sombra oscuridad, y los colores que saltarines danzaban infantiles y hermosos, ahora, poco a poco, en su ascensión suben al cielo. Suben a la puesta de sol que anuncia solemne el nacimiento de la muerte.

Y cuanta la eternidad era perfección toda alegre piel de la vida, ahora es un sereno, esperanzador y divino color naranja en que el sol cruza al otro lado; y en ese cruzar suyo el horizonte, deja el rastro luminiscente de su viaje como la sangre celeste que impregna la puesta de sol en esta mortalidad vida. Un precioso color naranja hecho de fuego y sangre, que brilla sobre la penumbra en que amenaza con disolverse por completo la tierra. Un maduro y celestial naranja en el que se lleva consigo a la eternidad al otro lado del cielo. «¡Nunca hubo un otro lado, Día! ¡Oh, Dios día! ¡Tú eras tú, todo tú por los cuatro costados! ¡Y ahora te diriges allí donde no nos llevas! ¡Qué hemos hecho! ¡Que en felicidad nos bañábamos en ti, y ahora una huella de melancolía tu sombra irte! ».

Pues, Quico, quizá desde la ventana de tu casa, en su mirar el cielo, que se extiende ante tus ojos para mirarlo desde ese tu cuarto tuyo, puedas ver el despedirse de la luz que es la noche que al día se acerca. Quizá puedes ver un pedazo de la amplitud con que la tierra se viste desde los lejanos días en que nació, y quizá desde tu ventana puedes ver una pincelada de aquel infinito cielo.

Cuando la noche ha caído, enciendes aquellas lámparas que visten de hogar a la oscuridad que todo lo cubre. Tu cuarto, aquel templo que llenas con una parte de ti, ante aquella cálida e íntima luz de las lámparas amanece como vida toda. A través de la ventana, un fondo negro como un abismo devora aquello cuanto fue el día. El sol que llena de luz al inmenso día es cambiado en tu habitación por aquel fuego que ilumina tu cuarto y lo envuelve de un pequeño rincón íntimo y personal hogar.

Pero si cuando el día atardece, desde aquel cuarto que todavía no necesita lámparas, te sientas a mirar el atardecer; si ves como el día va cayendo en la noche y la tierra se oscurece poco a poco, y el cielo se pinta con aquella luz que al día le es arrebatada; si ves pasar el atardecer, en aquel punto en que una leve capa de luz cubre al día como en un suspiro, y las nubes en el cielo se tiñen de un tenue y vivo rosa, de un vivo y tenue color salmón, cuando el azul del cielo es mezclado con un suave blanco que camina hacia el morado que en azul y luego en negro se convierte; en ese momento cuando la luz que por tu ventana entra en el cuarto casi se ha desvanecido, y tu cuarto se desangela en la tristeza melancolía con que por el día brillaba; si lo miras desde el otro lado del cuarto en que aquella ventana mira al día, y a tal ventana miras, podrás hacerte una pequeña idea de aquello por lo que tan sorprendido me preguntas.

Pues que vida es una, pero en tal momento, en tu interior se dibuja aquel atisbo, aquel leve susurro de la imagen de cuanto pude ver en aquella laguna. ¡Cuán realidad tan grande es vida que infinito solo no pudiera cubrirla! Que aquello que allí fuera llamamos paraíso mundo, es un rincón de sí en que juega a hacerse toda ella.

Que la lluvia hasta ella nos llevará en ella. Por eso construyo mi barco, Quico, porque he soñado con la lluvia.

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