¿De qué están hechos los sueños?
(PARTE UNO)
– ¡Qué te pasa, cariño, por qué gritas! ¿Estás bien? ¿Qué sucede?
– ¡Ay! ¡Ha sido horrible! ¡Abrázame! ¡Qué pesadilla tan horrible! Mira… Si estoy temblando…
– Ya está, cariño, ya está. Te traigo un poquito de agua. Sí, estoy aquí en un plis.
Aquí tienes.
– Estaba tan asustada… Menos mal que solo ha sido un sueño. Y aun así, ahora… Tengo miedo de volver a dormirme.
– No te preocupes, porque aquí Fredy Kruger no puede hacernos daño.
– ¡Ay, no digas eso, idiota!
– Y bueno ¿Qué has soñado?
– Pues estaba en casa. Aunque no era mi casa, pero ya sabes cómo son los sueños, que la cotidianeidad de las circunstancias que crean son tan íntimamente familiares que resultan lo más normal del mundo.
Pues estaba en casa, hablando por teléfono con Josefina, cuando de pronto suena el timbre de la puerta «Tía, te llamo ahora que están llamando a la puerta.». Me acerco para abrir y al otro lado de la puerta había una señora mayor que no había visto nunca; y aun estando segura de ello; porque lo estaba, no obstante, tenía la extraña impresión de que, de alguna manera que desconocía me resultaba cercana aquella cara que, en algún lugar ahora impreciso y borroso para mi memoria, había visto ya en más de una ocasión. «Hola, buenos días.» «Hola.» «Sí, ¿le puedo ayudar en algo?» «Soy yo la que te puede ayudar a ti.» «¿Cómo que ayudarme? ¿Ayudarme con qué?» «Con las cadenas, niña, con las cadenas. ¿Con qué iba a ser si no?» «Pero, ¿qué cadenas? Mire, señora, es que no sé de lo que usted me está hablando. Yo creo que usted se ha equivocado de casa. ¿Por qué no revisa su dirección y va en busca de la casa correcta?» «Escucha, niña, escúchame bien, porque el día se acerca, y los truenos resonarán desde la tierra. Los púlpitos de arena todos caerán, los árboles exudarán sangre, y los pájaros batirán sus alas en torno al abismo de la gran sombra, entonces seré yo la que venga a salvarte. Y tú, tú… Tú solo tienes que hacer una cosa por mí, una pequeña cosa… Entregarme uno de los dedos de tu mano.» «¡Pero qué está usted diciendo, señora! ¡Ha perdido la cabeza! Mire, voy a cerrar la puerta y quiero que se vaya de mi casa y que no vuelva usted por aquí nunca más, ¿me oye?». Al cerrar la puerta, como seguía con el susto en el cuerpo llamé a Josefina «Tía, no te vas a creer lo que me acaba de pasar…». Entonces me dijo que me pasara por su casa.. y al final terminé pasando allí la noche.
Cuando regresé a casa, entre el trabajo y los quehaceres fueron pasando los días y, poco a poco, deje de pensar en lo sucedido.
Serian cerca de las tres y, saliendo de la cocina, caminando por el pasillo cargada con un balde, iba y venía del salón al tendedero para colgar la ropa que traía y llevaba, cuando, de pronto, me doy cuenta que a un lado del pasillo hay un puerta «¿Y esta puerta?», me pregunto. «Esta puerta no estaba aquí antes.». Esa puerta no estaba ahí antes. «¿De dónde ha salido esta puerta?». Así que decidí abrir la puerta; que se abrió sin resistencia, y todo estaba tan amenazadoramente oscuro…; Salvo por el inicio de unas escaleras que conducían a lo que parecía ser un sótano bajo la casa, y que la luz del pasillo iluminaba pudorosamente.
Bajé las escaleras a tientas agarrándome a una barandilla que las conducía y, al llegar abajo, palpando las paredes, con el corazón en un puño, encontré un interruptor… «¡Qué bonito!». ¡El cuarto era precioso! «¡Es tan de mi estilo!». Era bastante grande y estaba pintado de un precioso color crema, mezclado con un suave tono anaranjado que hacía al sótano tan acogedor, tan agradable, tan cálido.
Los muebles, que se dejaban ver antiguos, estaban pintados de un color azul clarito con una pizca de verde esmeralda, y combinaba todo tan bien que me sentía como un princesa revoloteando alegremente por su castillo.
Las paredes estaban llenas de cuadros. Había muchos cuadros, pero ya los comentaremos luego. Había un par de sofás y mesas no había ninguna, ni sillas tampoco.
El sótano estaba lleno de un montón de decoración; entre la que se contaban unas estatuillas de un cristal tan fino, de una figura tan sutil y elegante que se me saltaban las lágrimas con solo mirarlas, pues parecían llenas de una vida tan frágil… Pero tan esbelta y tiernamente grácil, rezumando una delicadeza tan sutil y hermosa, que una no podía más que conmoverse hasta el arrobo al contemplarlas.
Y de pronto… noto algo en el suelo. «¿Qué es esto?» me dije mientras recorría aquel maravilloso cuarto como la que descubre un tesoro perdido oculto ante sus ojos. «Debe ser un tablón que está un poco suelto…». Un ligero tambaleo cuando pongo el pie sobre aquello…
En el suelo, de madera, había lo que parecía ser una trampilla; una tapa cuadrada de unos sesenta centímetros por lado. Y, curiosa, me agaché para ver si estaba en lo cierto… Y sí, estaba en lo cierto. Tras un pequeño forcejeo conseguí levantar aquella tapa. Tras ella se ocultaba un cuartito lúgubre y tenebroso, en el que no parecía haber nada salvo una pequeña cama en la que apenas cabría una persona.
Sin saber muy bien por qué, me sentía empujada a seguir descubriendo cuanto allí pudiera encontrarme, así que, sentándome en el suelo al borde del agujero, empecé a bajar aquellos dos metros de escalera vieja que se levantaba sobre dos palos de madera medio carcomida y, ya que no estaba sujeta al suelo del cuartito, temblaba ligeramente haciéndola muy poco estable.
Una vez en el cuartito, la sensación fue tan desagradable… Un olor acre, ácido y nauseabundo que impregnaba el aire me atravesó hasta los huesos, haciéndome sentir una sensación tan espeluznante. Apenas iluminado por la luz del sótano lo hacía todavía más espeluznante. Aquella nebulosa oscuridad era arrebatada de sí por los sombríos destellos que, desafiantes, hacían resaltar la estrechez del cuarto en el que me encontraba.
Me puse a caminar por el cuartito; que tendría unos dos metros de ancho por cuatro de largo, pero más que por tener ganas de investigar, para sacudirme de encima aquella sensación que me produjo el ambiente del cuarto y que, por un momento, me dejó obnubilada.
Ligeramente aturdida bordeaba la cama; que estaba pegada por el cabecero a una de las paredes, en la mitad de esta, justo en la pared opuesta sobre la que estaba el agujero por el que había bajado y que dejaba entre la cama y la escalera un pequeño pasillito para pasar de un lado a otro de la habitación. Nada más había en el cuarto.
Pero entonces me fijé que había lo que parecía una manta colgada en una de las paredes; a una lado de la cama, y aquella manta parecía estar cubriendo algo. Me acerqué por un lateral y puse mis manos en la manta para descolgarla; una capa de polvo se esparció por la habitación haciéndome toser cuando la dejé caer al suelo, y tras ella apareció lo que ocultaba… Era un espejo.
Un espejo cuadrado, de poco menos de un metro, presidía el centro de un estrecho marco bordeado en relieve por lo que parecían ser unas letras… O unos dibujos… La verdad es que no le preste gran atención a eso. Lo que me apeteció fue mirarme en el espejo. Y cuando me puse en frente no podía creer lo que estaba viendo… No era yo… Definitivamente no lo era… ¿Cómo podía ser? La imagen se movía igual que yo, correspondiendo con mis movimientos, pero su rostro… ¿Qué significaba esto? ¿Qué clase de broma era esta? Su rostro parecía tener cientos de años… Con una piel… ¿Era humana aquella cosa que veía? Era el rostro de una mujer, sí, pero su nariz era extrañamente alargada y, como si el peso tirara de ella hacia abajo, llegaba casi hasta su barbilla en un pequeño giro que la hacía parecer un tubérculo viejo y pisoteado. Con una pronunciada forma picuda su barbilla tenía un aspecto grotesco, con verrugas que aquí y allá colgaban como garbanzos en aquel rostro que desde el espejo me miraba. Sus ojos, grandes, de penetrante viveza y frialdad, en los que se translucía una cínica expresión de desprecio, parecían los de un animal salvaje acostumbrado a moverse entre la oscuridad; sentía como si estuviera mirando a un pozo negro como el alquitrán desde el que retumbaba el eco sordo del rugido de una bestia. Su sonrisa… Aquella imborrable sonrisa… Como la expresión general de su rostro, era el reflejo de la depravación más sórdida y absoluta, que se retorcía perversa en un gesto de perpetua mueca burlona. La que sin lugar a dudas resaltaba sobre todo cuanto de extraño tenía ese rostro. Y todo ello, que se alzaba en aquel reflejo como algo imperturbable, como signo de la irreverencia, culminaba con aquel su semblante, insolente y provocador, que no por ello dejaba de mostrar un aire solemne… Severo… Tanto como irónico y despiadado.
Y la miraba, la miraba erguirse en el espejo como algo extravagante, como algo perspicaz y grosero, como un enigma que se plantaba ante mí desafiante, que atentaba contra lo conocido, contra cuanto podía ser. Pero, lo que más me sorprendió de todo no fue aquella imagen monstruosa; en sí siniestra y teratológica, no fue lo que veía en el reflejo de aquel espejo polvoriento, si no que al contemplarla… No sentía miedo alguno. No tenía miedo. Ningún tipo de aversión o rechazo experimentaba frente a aquella cosa que pareciera salida de una perturbada fantasía.
Y es que, no estaba en absoluto aterrada, ni mucho menos. Es más… No solo no estaba asustada… Si no que… Me gustaba. Sí. Me gustaba. Sentía una cierta fascinación al mirarla. Había algo que me resultaba enormemente atractivo, algo que me provocaba el inaudito misterio de una satisfacción tan grande… Que, a expensas de la prudencia y la sensatez, me invitaba a clavar los ojos en aquella tamaña aberrante criatura que me embriagaba de tan extraordinario asombro.
Y es que… sin hallar explicación alguna que pudiera dar cuenta de su comprensión, me sabía enteramente atrapada por el magnetismo de aquella abyecta y magistral abominación de cuanto el sentido nuestro destierra a lo prohibido, a lo inmundo, a lo infame. Y tanta era la inclinación por la cual mi ardor era objeto como la aguja catapultada es lanzada, por el impacto del mismo, hacia el centro de acción que opera en la tensión de fuerzas que genera un potente imán.
¿Qué despertaba en mí tal admiración, tal entrega, siendo como era una imagen que visceralmente hubiera causado una honda impresión de repulsión al más excéntrico amante del esperpento? La verdad es que no lo sé, pero tenía un encanto para el cual mi corazón era presa rendida ante las dulces fauces que lo acariciaban, meciendo lo sublime y lo terrible en la danza de chispas en que el fuego crepita, inconsumible, bailando al son del combustible informe que del viento hace su cuerpo, y de su carne, su ofrenda de alimento.
Algo escondía en su interior… Algo tan brillante y portentoso que me tenía cautivada.
Mas… De pronto… Con la fugacidad con que refulge brillante el rayo, comencé a dar unos pasos hacia atrás, me giré en busca de la cama y, apoyándome en el colchón, terminé por sentarme para pensar en algo que me pasó por la cabeza.
En aquello cuanto pensé en mi inclemente y palpitante discurrir, ahora no lo recuerdo por más que lo trate, pero, tras un acalorado rato en esas cavilaciones de las que no podría decir cuánto me tuvieron en ese estado; ni acerca de lo que trataban, de repente… Me puse de pie, recogí la manta que dejé tirada y que se extendía hecha un burruño en el suelo y volví a cubrir con ella el espejo.
Puse la manta tal y como estaba cuando la encontré; apoyada sobre ambas esquinas superiores tapando completamente el espejo, dejándolos a merced de aquella penumbra en la cual, manta y espejo, se confundían en una difusa uniformidad con la pared de la que ahora formaban una sola cosa indistinta para la vista.
Eché un último vistazo al cuartito, breve, minucioso, como despidiéndome con el despreocupado suspiro que acompañó aquella mirada, y subí por aquella vieja escalera; aquella escalera que se erguía sobre dos altos palos de madera y que, según ascendía sus listones, formados por cortas ramas puestas en horizontal y sujetas con clavos ya oxidados a la simple estructura vertical, crujía bajo el peso de cada pisada como queriendo partirse en pedazos.
Una vez en el sótano volví a colocar la tapa del cuartito, apagué el interruptor de la luz y subí por la escalera hasta alcanzar la puerta que me llevaba al pasillo de mi casa.
Al abrir la puerta la crucé y me detuve, a escasos pasos en frente de la cocina, y al girar la cabeza, al mirar en dirección al comedor en el que desembocaba el pasillo, ahí estaba… Caminando por el salón, hablando por teléfono despreocupada como quien lleva rato inmersa en una conversación que despierta su interés, sí, ahí estaba… No me lo podía creer…
Era.. Yo.
¡Me estaba mirando a mí misma! Y lo hacía desde el otro extremo del pasillo… En el quicio de la puerta que acababa de cruzar, bajo la cual me había quedado de pie, parada, mirando desde la distancia… ¡A mí! ¡A mí que estaba caminando desde hace rato por el salón de mi casa mientras hablaba por teléfono con Josefina!
Del sobresalto que sentí dejé caer el teléfono sin siquiera darme cuenta de ello. Hecha un manojo de nervios; que me hacían latir el corazón tan deprisa que sentía podía perder el conocimiento en cualquier momento, me giré para comprobar con mis propios ojos si… Si aquello que acababa de ver… Si aquello que había visto era… Si era algo… Real.
Me giré en dirección a la puerta del pasillo -y me giré con más tranquilidad de la que imaginaba sería capaz en un momento como ese; como si algo en mi interior me susurrara que, si me giraba despacio, poco a poco, en un movimiento lento y sosegado, ello daría más tiempo a que aquella espeluznante visión se desvaneciera en un simple desvarío sin importancia. Del que luego, por supuesto, me reiría a pierna suelta- pero cuando por fin alcance a ver aquello por lo que me había girado en busca… Ni era un desvarío ni aquello horrible que mi sugestionable imaginación había traído desde algo imposible. Parada frente a la puerta, mirándome desde el otro lado del pasillo frente a la cocina, ahí estaba… La misma vieja que días antes picó en el timbre de mi casa.
«Pero… ¿Qué hace usted aquí, señora?… ¡Se puede saber cómo ha entrado usted aquí! ¡Salga ahora mismo de mi casa, no se lo vuelvo a repetir!». Y con cierta indignación y alivio dejé pasear la mirada por el salón de mi casa, sin fijarme realmente en nada, incrédula y fascinada mientras se me escapaba una pequeña media sonrisa. Cuando… En el mismo instante en que duró todo aquello, la vieja apareció de la nada junto a mí, tan cerca que podía sentir su respiración a mi lado, casi rozándome. En un acto reflejo, maquinalmente, con la mente totalmente en blanco me giré para mirarla y, en sus ojos, que estaban clavados en los míos, vi la profundidad de un abismo como no había visto en ninguna mirada. Me agarró bruscamente de la muñeca, con aquella sonrisa burlona que lucía en su cara; a la que no podía dejar de mirar sin poder decir una palabra, se acercó mi brazo a su boca y, de un mordisco, me arrancó una mano.
– ¡Qué te pasa, cariño, por qué gritas! ¿Estás bien? ¿Qué sucede?



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