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El reino de los gigantes

El reino de los gigantes (Parte 1)

¿Qué tendrá la soledad que es tan repudiada al mismo tiempo que es tan querida? Que es una necesidad poder disponer de ella, y se acaba convirtiendo en una prisión a quien toca habitarla.

Qué temor despierta en los hombres; más todavía si cabe por su indudable atractivo; como una fiera preciosa.

¿Será porque se viste con la piel de la muerte? ¿Será porque vive embarazada de la locura? ¿Quiénes oyen los cantos de las piedras? Los locos. ¿Quiénes escuchan la música de las encinas? Los locos. Qué consternación siente el corazón de la tierra por los locos. Sin embargo las rosas qué sedoso perfume desprenden.

Dentro del hombre hay un cielo, y quien vio su lluvia ve los colores del viento que cuentan historias del reino de los gigantes. Que sus caminos son interminables; que sus pies hondan la tierra desde la noche que amaneció al día hasta el día que nació a la noche.

¿Alguien los ha visto alguna vez? Como el sol son recelosos, y pese a su tamaño no son nada torpes; que son de movimientos sutiles como la mariposa, gráciles como el leopardo y sigilosos como la lechuza. ¿Tienen alas? Cabría pensarlo, pero ¿quién los ha visto alguna vez?

Dicen las leyendas que algunos son tan altos como el más alto abeto. De otros en cambio se cuenta que son tan grandes que poniéndose de puntillas rozan el cielo.

Yo no lo sé porque nunca los he visto, pero sí he escuchado historias sobre ellos. Unos dicen que viven en el interior de la tierra, y que solo salen de noche a recorrer el mundo. Otros dicen que viven en los bosques y que es por el día cuando campan a sus anchas por la tierra, pero como son tan sumamente finos vistos de costado; tanto que llegan a desaparecer, es de perfil como salen a recorrer el mundo para no ser vistos.

Qué es lo que hacen tampoco lo sé. Unos dicen que se dedican a robar hombres y a robar ganado para cocinarlos allí donde los preparan para comérselos; bien en el interior de la tierra donde vivirían o bien en las profundidades de los bosques donde construirían sus casas muy, muy lejos de los hombres.

Otros cuentan que se pelean entre ellos por eso mismo. Que incluso se forman grandes guerras entre ladrones los unos y ladrones los otros por robar aquello a por lo que salen de sus guaridas.

Hay quienes dicen que han visto alguno; que caminando una noche por el bosque se despertaron extraños sonidos en la oscuridad; sonidos que no habían escuchado nunca antes hasta aquel momento, y siguiendo el lugar allí del que salían, una figura gigantesca se irguió ante ellos entre una hilera de troncos, doblando los árboles con sus propias manos para dejarse ver.

¡Qué criatura más espeluznante dijeron ver! Era por lo menos el doble de alto que cualquiera de los árboles más altos de aquel bosque. Su cabeza parecía no tocar su cuello. Sus brazos eran gigantescos, y en aquella oscuridad de la noche su silueta se dibujaba del color de la sombra. Sentían sus ojos clavados en ellos expectantes como estaban de cuanto pudiera suceder pues, se miraban los unos a los otros sin dar crédito a cuanto veían. Estiró sus enormes brazos y agarró a uno de ellos, que gritaba sobrecogido por el terror. Sus compañeros pudieron salir corriendo y así es como cuentan la historia que tal les sucedió; y con ello crece la forma del cuerpo que son las leyendas que sobre tales se cuentan.

Sin embargo son más los que dicen haberlos visto. Otro cuenta que caminando por un bosque se topó de frente con uno de ellos, y que más allá del bosque lo llevó en la noche hasta las entrañas de la tierra. Desde entonces, cuando le preguntan por aquello siempre tiene palabras que decir a voz en grito, «¡No temáis a los gigantes! ¡Si teméis a los gigantes es porque no los habéis visto! Pero… ¡Es que acaso estáis ciegos! ¡Vuestros ojos miran pero no ven! ¡Podrías tener la luna enfrente de vuestras mismísimas narices que no veríais más que vuestras espaldas! Ojos tiene el hombre pero ¿De qué le sirven? ¡No son más que su condena! ¡Ay si fuera todo ojos! ¡Quizá entonces pudiera ver más allá de sus manos! Lo que ve no lo oye y lo oye no lo toca y las campanas del tiempo rugen con trombones en el aire. ¿Y qué es el mundo si no el lugar del hombre? ¡Sabralo quien! ¡Tigres, monos, culebras y luciérnagas! ¡Qué distintos del trigo, las manzanas y las avellanas! Tierra y árboles y pájaros y el hombre y su camino. La vida y su mundo y en él dragones escupen llamas que oscurecen soles. ¿Y el hombre? ¿Es acaso el hombre un muerto viviente?», decía envuelto en sus propias carcajadas que acompañaban su voz; o a veces, cayendo en un total mutismo, sus ojos miraban hacia algún lugar tan lejano que parecían atravesar las montañas. Y así pasaba días, sin apartar la vista y el silencio de aquello que fuera cuanto mirara.

Varios son los testimonios que se narran en las historias y sucesos que confieren un aire misterioso a las leyendas originadas por el encuentro con tales gigantes.

Hay más historias de gente que dice haber visto alguno; en las que les dan distintas formas y diferentes tamaños, pero en su mayoría terminan como en nuestra primera historia; con algún desaparecido. Y todavía son más quienes, habiendo escuchado las historias, sintiendo una atracción por lo enigmático las interpretan; algunos añadiendo o quitando detalles, y otros simplemente inventándolas.

Puede que aquellas historias y leyendas acerca de los gigantes en torno a las que se forman no sean sino un desvarío; que deban su aparición a aquellos que, acercándose demasiado a su inmensidad, terminaron bebiendo del vientre de la soledad. O puede que aquellas historias sean permanentemente contadas en el silencio de su vientre y por ello sentimos un sordo temor hacia la soledad; que nos provoca una intensa atracción y un cierto rechazo.

Que la soledad es un pozo que se alimenta del mundo; un pozo tan profundo que atraviesa la oscuridad de la noche. Y allí abajo, debajo de lo que está abajo, es donde está el reino de los gigantes.

Más, ¿Es en ese reino donde habitan los gigantes o viven entre nosotros? Yo no sé de nadie que haya conseguido llegar hasta allí abajo. He visto el jardín, el jardín donde se encuentra aquel pozo. Siempre que he estado por allí he pasado la mayor parte del tiempo caminando por aquel jardín, o tumbado en su yerba bajo el sol, o a la sombra del algún árbol.

A veces me sentaba en aquel muro circular de piedra en el que daba comienzo el pozo. Solo es alguna vez que me adentré en aquel pozo. Es tan largo que llega un momento en que ya no sabes si estás descendiendo o no. En el jardín también hay oscuridad; a veces reina la noche señoreando ese aquel su todo poder, pero la oscuridad de aquel pozo es semejante a nada que se le pudiera creer parecido.

¿Qué es el abismo? La continuación tras un límite de apariencia inalcanzable. ¿Es aquel pozo el abismo del abismo? Sería ridículo llamarlo abismo. No es un abismo. Se le podría llamar abismo, pero lo que es es algo en sí mismo. Si es un abismo no es más que por ser la rotura del abismo. Es el no abismo del abismo. El no abismo en el abismo. El no abismo tras el abismo. Solo que puede que no haya en, que no haya de, que no haya tras, que no haya abismo.

Según más descendía más marcas había inscritas en la pared de piedra de aquel pozo. cuanto más descendía más parecían convertirse aquellas marcas en grabados, hasta que de pronto dejé de notar las marcas. Las marcas desaparecieron. Quizá lo que desaparecieron fueran las pareces de piedra de aquel pozo. ¿Llegué abajo? No lo sé. Si llegué, allí no estaban los gigantes.

¿Quién si no ellos podían haber hecho las marcas y los grabados? Entonces, ¿Dónde están? En el jardín tampoco están. Es en el mundo donde cuentan las leyendas que han sido vistos. Así que fui a buscar a aquel al que llevaron más allá del bosque a lo que dijo las entrañas de la tierra. Sabía dónde buscarlo. Cuando llegué estaba sentado en una plaza, me acerqué y le pregunté sin rodeos «¿Cómo son los gigantes? ¿Tienen razón las leyendas?». Me miró y se le dibujó una sonrisa en los labios, «conque no ves la luna aunque tropieces con ella sin cesar. Si tus ojos no la ven ¿Cómo pretendes que te la descubran mis palabras?» «Me gustaría saber si existen, si las historias que cuentan sobre ellos son ciertas.» «¿Y qué pasa si no son ciertas?» «La verdad es que creo que sí son ciertas.» «Pero no los has visto.» «No.» «¿Y qué pasaría si yo no fuera más que un loco?» «Entonces… Eso querría decir que sí los has visto.» «JA-JA-JA. De verdad quieres saber cómo son ¿Verdad? No los viste en el jardín. No los viste en el pozo. en el pozo no viste nada, y desde el pozo sientes que en el jardín nada has visto. ¿Y ahora qué? ¿Cómo pretendes verlos si caminan de perfil por le mundo?» «Si verlos fuera imposible no los habrías visto.» «Quizá no quieran que los veas.» «¿Por qué no?» «¿Y por qué sí? Te digo cómo son, ¿Y entonces qué? Si no ves la luna es porque no quieres. Llovieron desde las estrellas, pero las estrellas nacieron por tus ojos. Cuando los buscas en el cielo se esconden en la tierra. Cuando los buscas en la tierra se esconden en el cielo. Pero ¿Dónde está el cielo? En la tierra. Cuando lo que buscas es su altura buscas su profundidad, porque miras en la dirección equivocada. Es por eso que cuando los miras, simplemente no los ves. Cuando los ves no los miras. Mis palabras te los señalarían, pero ¿De qué serviría? Quizá tengas que volver al pozo y ser el primero en llegar a aquello que está abajo de lo que está abajo. ¿No te has preguntado adonde conduce ese pozo? Si allí tienen su reino, ¿Por qué cuentan las leyendas que construyen sus casas en los bosques? ¿Y si las leyendas son ciertas? ¿No tienes miedo de encontrártelos?

Su pozo es un misterio. ¿Por qué no te entretienes con sus marcas y grabados? Quizá no sean suficiente para ti. Cuando aquel susurro se despierta es imposible dejar de escucharlo. ¿Y si tus manos pudieran ver los colores de la piedra de aquel pozo? ¿Y si tus manos escucharan los sonidos de la piedra de aquel pozo? ¿Y si tus dedos fueran lenguas que lamieran la piedra de aquel pozo? ¿Y si las yemas de tus dedos pudieran oler el aroma de la humedad de la piedra de aquel pozo? Quizá el tocar de tus manos fuera el ver que tus ojos no pueden. La oscuridad del pozo lo hace invisible. Un misterio es su reino, y ellos hijos de su reino. ¿Será que en verdad son tan sigilosos como una lechuza y por ello no son vistos? ¿O quizá son tan sumamente finos que llegan a desapareces en su perfil y por eso no se los puede ver? ¿O tal vez es que sean invisibles? Yo los he visto, y otros tantos que se encontraron con ellos y son las historias que avivan la curiosidad sobre tales leyendas. Entonces ¿Dónde están? La densidad del espacio es medida por aquello que lo ocupa. Tú puedes ver cuanto hay en el espacio. ves los mares y los ríos; ves el cielo y ves las nubes; ves el fuego; ves la tierra, los campos, los prados y los valles; ves las montañas, ves los desiertos y ves los bosques, pero no has visto a los gigantes. Cuatro son los elementos de los que surge la densidad; aire, tierra fuego y agua. No los has visto en el aire; que el aire es de los pájaros, del humo y de cuanto es gaseoso ¿Se esconderán en la niebla y por eso no los ves? No los has visto en la tierra; que la tierra es de los campos, los prados, los valles, las montañas, los desiertos y los bosques y cuanto en ellos habita, ¿Se esconderán en los campos, los prados, los valles, las montañas, los desiertos o en los bosques y por eso no los ves? No los has visto en el fuego; que el fuego es de las llamas y por eso no los ves? No los has visto en el agua; que le agua es de los peces, los mares y los ríos y cuanto en sus aguas viva sumergido ¿Se esconderán en el agua y por eso no los ves? Vienes hasta aquí para que te cuente cómo son los gigantes. Deseas tanto verlos que no puedes ver otra cosa, pese a que no los ves. Quieres saber cómo son, pero lo que es lo es independientemente del conocimiento que tengas sobre lo que es. En aquello de lo que miras sobre lo que tienes su conocimiento es lo que no ves una suposición, que en tal parecer es el fundamento a priori establecido de lo que es una suposición; así miras la vida. no buscas la sabiduría de los ojos porque tienes el conocimiento de lo que ves. Cuando miras al sur no ves el norte, y cuando miras al norte no ves el sur. ¿Qué es lo imposible? Lo que no es posible. ¿Y qué es lo posible? ¿Podría una caja que llenas de arena estar llena de agua? Las hojas caen de los árboles; ves cómo caen las hojas, y cuando han caído miras una hoja; o ves caer una hoja, peor la hoja no la ves, no obstante cuando la miras la ves. Así haces con los gigantes. Allí es donde se esconden. Ese es su recorrer el mundo en su perfil. Podría haber un gigante aquí ahora mismo que no lo verías. Hay algunos que son tan altos como el más alto abeto. Otros en cambio son tan grandes que poniéndose de puntillas rozarían el cielo. ¡Si que tienen que ser sigilosos! ¡Tanto como lechu

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