Paco y Quico hablan
– Qué pasa, Paco. ¿Qué haces ahí tumbao mirando al cielo? ¡No estarás buscando platillos volantes, no!
– ¡Sí, a tus primos he visto pasar por el cielo montaos en una lavadora! No sé si son marcianos o es que esta vez se les ha ido de las manos.
– No, mis primos no, debían ser mis tíos. ¿Qué haces ahí pues?
– Tengo dudas.
– ¿Qué dudas, sobre ella?
– ¿Qué has dicho?
– Vale, vale, hombre, siéntate. ¿Qué te trae de cabeza pues?
– Yo tengo fe ¿Sabes? Sí. llevo tiempo creyendo que esta vida es un camino. Todo cuanto se mueve no solo lo hace en una dirección si no que se dirige hacia algún sitio. Y para mí es más que claro que ese lugar no es la muerte, si no ¿Qué sentido tendría la vida? Los segundos serían una estructura física que se desmantelaría tras su primer paso. Esa es la lógica más elemental que siente el miedo del hombre antes de pensarlo y construir sus castillos de ilusión racional. ¿Sabemos? Por supuesto que sabemos. Quizá si no supiésemos dejaría de salir el sol cada mañana, así que debemos saber, por supuesto. ¡Tanto mejor!
Veía la vida como un camino que conduce hasta aquel otro lado, y la muerte, ese lugar donde el camino toma su real dirección. ¿Que hay algo al otro lado? Así lo creo. ¿Qué es ese algo que hay al otro lado? Pues la verdad es que empezó por darme igual, lo que fuera sería y tanto me daba lo mismo. Me provocaba gran satisfacción sentir tal cosa, un hueco en que mi esperanza era plenamente feliz en una intuición de la que apenas me llegaban sus saltitos de alegría. ¡Y qué alegría me hacía sentir que la muerte no es el final!
Cuando me daba por pensar sobre ello siempre me conducía inevitablemente a esa conclusión, como si fuera el destino ineludible al que pareciera tener que estar ligado mi pensar sobre tales cosas. y mira que me esforzaba por aquel entonces en que no fuera así, tratando de echarlo por tierra, intentando encontrar los razonamientos que desmontaran tan extraño edificio ¿Por qué hacía tal cosa? ¡A saber por qué! Quizá me aburría, o secretamente para mí lo detestara, o quizá no. Quizá solo es que mi voluntad era orgullosa, y no quería que nada ni nadie me quitara un mérito que era exclusivamente mío por la genialidad con que era capaz de pensar. ¡Y con qué genialidad era capaz de pensar! ¡Qué genio se estaba perdiendo el mundo! ¡Iba a destrozarlo todo para volver a rehacerlo como era debido! ¡Eso iba a hacer! ¡E iba a hacerlo yo! ¡Sí, yo! ¡Yo mismo! ¡Qué días aquellos! Tardé un tiempo en aceptar que aquello que pretendía destruir me terminó destruyendo. Lo más gracioso de todo es que nunca tuve la real intención de destruir nada de aquello, no era algo que de verdad quisiera, pues tal cosa de destruirlo ni me iba ni me venía, que ni siquiera sabía por qué lo hacía, es más… ¿Llegué a intentarlo siquiera? Bueno, en fin. Como no fui capaz de llegar a destruirlo, pues cuanto más pensaba con la intención de descubrir el error de mi sentir más profundo más mi error se volvía el aspirar a tal cosa, al final acabé por desistir de aquella ambición. Pero… creo que no fue del todo así cómo sucedió… Porque ¿fue tal cosa un pensamiento en que de verdad me enfrascaba? Aunque lo que…. A lo que nos ocupa, ¿El otro lado? Algo será el otro lado ¿Y el qué será? ¡Lo que sea! Mi intuición me decía que no podía ser si no algo mejor que esto. ¿Aquí hay algo bueno? ¡Cuánto más ha de serlo allí! ¿Aquí hay algo malo? Si aquí frente a lo malo en su mayoría es una pequeñez ridícula ¡Cuánto de pequeño debe ser allí! ¡Si no es que algo tan pequeño acaba perdido en esa inmensidad! Pero… ¿Cómo? ¡Qué tonterías estoy diciendo! ¡A veces ni yo mismo me creo lo que digo! Entonces ¡Por qué lo digo! ¡Por qué! Pero… ¿Por qué? ¡Por qué han hecho la vida! ¡Ay señor! ¡No digo más que tonterías!
Pero al fin y al cabo tenía la intuición de ese otro lado, así que dirían que eso me llevó a sentir un pleno amor por la vida. Pues no. La vida era importante, por supuesto, cómo no, así lo era, y de verdad que lo era, pero en verdad nada me importaba gran cosa. No es que nada me importara lo suficiente, porque tampoco era eso lo que sucedía. Lo cierto es que siempre he sido pasional. Siempre he sentido que se despertaban en mi interior emociones muy intensas. Mis sentidos son muy sugestionables y siempre he sentido una profunda fascinación por los colores, por las formas, por los sonidos, por las texturas, por los sabores, y ello combinado con que mis gustos eran proclives a su afán de ensimismarme, generaba grandes pasiones dentro de mí.
Uno no suele asustarse de su normalidad, sobre todo cuando ya la ha hecho algo normal, cuando la ha asentado como tal cosa normal, pero a veces yo mismo me asombraba de aquello que sentía; esto no puede ser normal, me decía a mí mismo. No es que el producto de mi sentir fuera algo demasiado excéntrico, por lo menos no más de lo habitual, sino que en esos momentos me cuestionaba la propia capacidad de sentir ¡Y qué sorpresas me llevaba! ¡Qué será tal cosa lo normal! Era un chico sensato. La verdad es que lo era. O eso creo. O quizá fuera esa mezcla de tímido y despreocupado y suspicaz. No, sensato no era. Pero a mí manera sí que era una persona razonable, eso sí que lo era. O puede que tampoco. La cuestión es que nada me importaba gran cosa. Claro que todo era importante, pero qué le voy ha hacer yo si la verdad es que no lo era. Las cosas pasaban, y yo tenía mis gustos, pero mis gustos eran igual de sensatos que yo. Así que terminé por entender que nada era importante. ¡Y cuánto me dolía todo ello! ¡Qué extraño me hacía sentir! ¡Qué tristeza más sustancial experimentaba en esos momentos cuando sentía todo aquello! Aunque la verdad es que creo que aquel dolor que sentía puede que no fuera más que un fingimiento ¿Por qué fingía? ¡Vete a saber! Pero así tenía que ser. Quizá era para sentirme normal, o quizá para sentirme todavía menos normal de lo que me sentía. Quizá no me soportara a mí mismo, o quizá no podía entender cómo mi rareza no era la normalidad ¡Porque era maravillosa! Tenía una tendencia a sentir que era raro, y quizá lo fuera. La verdad es que lo era, pero rehusaba ferozmente a aceptar semejante idiotez sinsentido, casi tanto como disfrutaba pensar que efectivamente lo era. ¿Había alguien que sintiera más que yo? No lo creo. Ni siquiera yo mismo, porque me importaba tres pimientos. Y así pasaba las horas que más disfrutaba, contando pimientos. En general yo intuía lo ridículo que había en la profundidad de mi sentir, aquel sentir que me hacía sentirme tan diferente del mundo, aunque ¿Cómo iba a tomarme enserio al mundo si el mundo era todavía más ridículo que yo? ¡Pero con qué ojos lo miraba! ¡Qué firmeza! ¡Qué resolución! ¡Pese a su tremenda idiotez! ¡Cuántas piedras le hubiera tirado por aquel entonces al mundo si no hubiera sido entonces tan cobarde! Eso me importaba, cuando me importaba, por que en verdad nada importaba tres pimientos. Poco a poco mi inteligencia se fue ampliando, y fue abarcando más y más terreno, y eso me hacía sentirme enormemente orgulloso ¿Me sirvió de algo? La verdad es que sí, me sirvió para tomar una más clara conciencia de que en realidad nada importaba tres pimientos. Y es que mi sentir era ridículo ¿Por qué? Porque era el más honesto, el más profundo, y la verdad que lo era, eso lo sabía yo por encima de todo, pero ¿Qué me podía importar eso? Pese a todo pude tomar una más clara conciencia, mejor para ti dirían. Sí, todo lo contrario, porque ello no hacia sino volverlo más ridículo. Miserable dirán entonces, y aún además si tal se atrevieran en su decirlo. Error. Y es un error por pensar que eso no es algo que yo ya supiera de ante mano, como si no lo supiera desde antes incluso que empezara siquiera a pensarlo, y esa estupidez suya no hacía si no volverlo más ridículo. ¿Cómo podía importarme algo tan ridículo? Es lo que más sorprendido me tenía. De verdad que a veces me hacía sobrecogerme. ¿Habré perdido el juicio? Bien sabía que no. Entonces ¿Cómo puede ser que no lo vean? ¿O quizá sí lo ven pero como a mí les importa tres pimientos? Eso no podía ser, y aún mejor que yo lo tenían que saber ellos. Pero la verdad es que tal cosa me importaba tres pimientos.
Así que empecé a pensar. Y pensaba, y le daba vueltas a la cabeza, y volvía a pensar. Pero como hasta aquel entonces ya venía pensando, pensé ¿De verdad me da igual lo que haya al otro lado? Tenía la intuición de que aquel otro lado tenía que ser una especie de espacio en el que si había una cosa tal como la verdad ese era en el lugar que tenia que estar. Así que pensé. Esta vida es un camino, y aunque tengo mis gustos, la vida me resulta genuinamente indiferente, aunque no me desagrada que así sea porque me importa tres pimientos que importe como que no importe. Y es que a veces veía tan claramente mi honestidad que no podía si no tomármela a risa. Qué ridículo soy, y sobre todo qué ridículo es el mundo, pero sobre todo qué ridículo soy, tanto más si cabe por verlo tan claro. Tal vez si fuera normal todo sería más fácil. Pero ¿Qué detestaría más que eso? No lo desearía ni aunque la vida no se acabara nunca. Ni por un segundo. Quizá por un segundo, pero entonces tal vez la vida se acabaría, y lo último que quiero es que la vida se acabe. Pero si se acabara ¿Qué importaría? Me importaría tres pimientos. Pero no de aquella manera, porque entonces ya no importaría ni que importara tres pimientos. Pero ¿Y si… Por un segundo no pasara nada? ¡Qué grande sería! ¡Quizá fuera esa la solución! ¡Sí! ¡Quizá eso lo terminara por arreglar! pero… ¿Es que acaso había algún problema? ¡Cómo si fuera asunto mío! ¡Tanto más un segundo serían mil y un problemas! Así que cansado de pensar en el camino pensé en el otro lado. Me di cuenta que llevaba tiempo pensando en el otro lado, o más bien, sin acabar de pensar en el otro lado. Así que empecé a pensar en el otro lado, porque ¿Cómo iba a acabar de pensar en el otro lado si no empezaba a pensar en el otro lado? Empecé a pensarlo y no podía creer lo que veía al otro lado. Así que no lo creí, porque hasta aquel entonces todavía me importaba todo tres pimientos, pero seguí pensando. Lo cierto es que las cosas empezaron a llenarse de sentido. Pero cuanto más veía más empecé a creer que creía no creerlo, porque no podía ser, porque de ser así la vida se daría de bruces consigo misma y se derrumbaría, y yo seguí pensando. Aquel otro lado, poco a poco se fue llenando de cosas. Cosas grandes y cosas pequeñas, cosas que importaban y cosas que no. Allí hasta lo que no importaba importaba, y se fue dibujando ese otro lado en un sistema. Me gustaba ese sistema. Me gustaba porque cuanto más me adentraba en ese sistema más veía que ese sistema era un sistema mejor de como entendía los sistemas. Creo que eso fue lo que me gustó. Era un sistema tan complejo que parecía imposible reducirlo a una fórmula que lo resumiera en su totalidad. No obstante sí que me sirvió de algo, aun pese a que aquel sistema pretendiera que no todo importaba tres pimientos cuando yo sabía que todo importaba tres pimientos. Pero sí me sirvió para que no me importara tanto que todo importara tres pimientos, cosa que nunca se me había ocurrido si no como forma en la que divertirme atormentándome.
Seguía pensando en el otro lado, y qué bonito era el otro lado. Sabía que era el otor lado pero qué bonito era. La muerte llevará al otro lado y ese otro lado era un sitio, y no como antes, era un sitio en el que había… ¡Aquello! Lo cierto es que no acababa de creerlo del todo. Lo creía, sí, pero no del todo. De alguna forma estaba como al principio, cuando solo era una intuición que tras la muerte hay otro lado, pero quizá ahora un paso por detrás, porque antes lo sabía y ahora lo pensaba. Quizá no fuera tan parecido ahora que lo pienso, pero así me había parecido al empezar a pensarlo, ¿Lo es o no lo es? Porque creo que tiene su parte de verdad. ¿La tiene? Como sea. Siempre he creído que hay un otro lado y siempre lo creeré, pero ahora era un lugar en el que pensar. Pensaba, y cuanto más pensaba mejor me sentía porque lo hacía desde el camino que es la vida. Todo seguía siendo ridículo, pero poco a poco aquel ridículo que es la vida se llenaba de sentido. Y es que por fin, por fin me di cuenta, sí, ¡Soy ridículo! ¡Ya sabía lo que era! ¡Ridículo! ¡Y ello significó tanto! ¡Pero tanto! Porque entonces, entonces ahí fue cuando dejé de ser raro. Incluso cuando, lo que significó no poca cosa, aunque no recuerdo exactamente cuando fue, cuando un día me sorprendí a mí mismo que en lugar de pensar en el otro lado ¡Sentía el otro lado! ¡Cómo se perfilaron los detalles del otro lado! ¡Cuánto nos espera tras la muerte! ¡Y qué suma ridiculez sería decirlo! ¿Qué lugar es ese me preguntas? ¡Cuán llegar será volver allí de donde vinimos! ¡La ridiculez de lo ridículo! ¡Y allí cuán grandioso sin que sea otra cosa que grandioso! ¡Qué feliz fui en ese momento! ¿La vida importa tres pimientos? ¡Bien! ¡Que importe tres pimientos! ¡Y hasta cuatro! ¿Misterio? ¡Ay, misterio! ¡A un hombre que es ridículo! ¡Que misterio es la fe y tal fe sabe que será lo que es! ¡Porque lo es siempre! ¡Aquello que es más que nada! ¡Más que todo! ¡Que si el otro lado es otro lado ese porque es una parte de este! ¿Cuánto tiempo viví así? No lo sé, pero ese descubrimiento cambió mi mundo.
Y de pronto, como si la vida se empeñara en reírse de todo aquel que dice saberla descubrir algo surgió dentro de mí. ¿Desde dónde surgió? ¿Qué ha pasado? ¿Qué me trajo este nuevo pensamiento que de repente apareció sobre aquel otro? Que el camino que es la vida es fugaz, pero ¿Qué me importaba hasta ese momento? Tres pimientos. Pues ¿Qué se podía comparar con aquello que espera al otro lado de la muerte? ¿Que la vida es fugaz? Que lo sea. ¿Y qué me importa a mí? Eso es. Pues la vida cada vez me gustaba más, incluso cuando no me gustaba, porque volvía a gustarme, y me gustaba tanto, más que tanto, tanto más todavía que tanto. Sé que no voy a morir. No puedo morir porque seré para siempre allí de donde vine, pues ¿Cómo voy a dejar de ser si soy? Y allí de donde vine ¡No existe la muerte! ¡Cuán cosas son las cosas! ¡Y el que lo entienda que lo entienda! ¡Si es que ello es posible! ¿Qué mayor felicidad podía haber? Y de pronto algo me hizo comprender una cosa… y vino a anidar en mi felicidad. Que si el otro lado es una parte de este, el camino es una eternidad fugaz. No voy a morir nunca, pero este camino que es la vida se irá y no volverá nunca. Yo voy a volver allí de donde vengo y allí seré lo que tengo que ser por siempre en los tiempos infinitos, pero este camino no volverá jamás, y yo me iré con él y el camino se irá para siempre. y algo se me despertó en el pecho, y entonces… Creí en lo que no creía. Sí, creí en lo que no creía. Pero, entonces… ¿Qué significa todo? ¡Ay, señor! ¡Ay, vida! ¡Ya no sé qué es lo ridículo! ¡O tal vez sí! ¡No! ¡Ay, vida! que aunque voy a vivir para siempre, sabiendo que esta vida se acabará, y con ella todo cuanto puedo vivir en ella… Qué despiadado puede ser el cielo para quien ama la vida. y lo entiendo, pero no lo comprendo, o tal vez sí pero ¿Cómo podría comprenderlo entonces? ¡Cuántas cosas se pueden quedar sin hacer! ¡Una eternidad no es suficiente! ¡Qué misterioso vuelve a ser el destino! ¡Hoja incaduca! ¡Eterno río de los cielos! ¡Qué soplo de proporciones monstruosas mueve tus aguas! ¡Que bajo la imagen de la tierra corre hasta llegar al gran árbol cuyas ramas se mezclan en el cielo! Fuego es el brujo de los brujos. Fuego y agua, agua y viento, viento y tierra. Fuego agua y tanto todo. Y todo tanto el corazón de cuanto es y ello dos el innombrable mar del mar sin agua tal es y no uno creador de inmortalidades. Y en la más fugaz de todas las eternidades vives en el hombre para hacerlo inmortal y devorar en las llamas que no se apagan el camino de sus pies. Misterio es tu fuego y misterio es tu viento soplo que lo aviva. Misterio es tu agua en que se posa y no lo consume y misterio es tu tierra que hace al camino uno como tú lo eres mas distinto a ti. Pues que si allí en el seno de tu seno eres, el camino es, pero si el camino deja de ser ¿Cómo podrías ser entonces? ¿Cómo podrías no ser? En las llamas de tu fuego haces a lo que es no ser que en tus propias llamas te alimentas. El brujo de los brujos se posa en el camino, de ti engendrado para posarse entrando con él a las llamas que no lo devoran para que lo que es lo sea siempre pues él es siempre. Mas el hombre es engendrado por él y el camino es creado por ti. ¡Misterio camino! ¡Sueño de misterio cuarto! Que tres son sus nombres, como dos sus senos. Muerte ese el camino que aquello inmortal en el hombre en él recorre. Que el hombre es en el camino vida y lo que muere no es inmortal. ¿Y qué es inmortal? ¡Mucho tiempo! ¿Y qué es mucho tiempo? ¡Pregúntale a la libélula, o a la tortuga, o a la piedra!
– Vamos… Que estás pensando otra vez en ella ¿Verdá, pajarito?
– A veces no sé si abrazarte o colgarte de los tobillos ¿Has traído cervezas, no? Pásame una.
¿Qué tendrá? ¿De dónde saldrá lo que tiene? ¿Qué es eso que tiene? Cuanto más lo busco pensando menos lo encuentro y eso me hace verlo y no hay cosa igual. Nada he visto que se le parezca.
– ¡Ay, pimpollo! Ya sabía yo que estabas pensando en ella. ¿Y no me puedes decir lo buena que está esa mujer tuya que me cuentas cosas de estas? A veces eres más rarito que el copón, ¡Copón!



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