El viaje de Paco y su compadre por la isla Gran Metrópoli. (Parte uno)
– ¡Paco! ¡Pellizco que se le da a un sapo! ¡Sapo pellizcao! ¿No quieres que te dé un besi… ¡Ay! ¡Vale! ¡Vale! ¡Suéltame! ¡No me beses más, animal!
Adivina a quien he visto… Sí, a tu princesita. Chico, la verdad es que no hay mujer como ella. Las cosas como son. Y mira que yo he recorrido los siete mares de esta pintoresca y burda ciudad de hojalata. Que he navegado la sangría de los charcos en esta noche de tugurios que es nuestra acrisolada metrópoli. Que me he liado a trompazos contra sus paredes ¡Y cómo se revuelven las piedras a cabezazos, chico! ¡Diantres que sí! ¡Que alguien nos traiga a un sacerdote, por dios! ¡O a un loquero! ¡O a su jefe! ¡Y que el tuerto traiga al que primero encuentre de los tres!
Pero… Qué estoy diciendo, chico. Sorbos que llaman al pecador… Debe ser la bebida, que lo que antes eran gigantes hoy son molinos. Así que tomemos un poco de agua fresca para aclarar las ideas. Pero antes… Déjame echar otro trago ¡Que la vida son dos días! Y horas los meses que claman al camino de las cenizas. Años, minutos del abono que siembran los días.
¡Brindemos! ¡Por esto y también por lo otro! ¡Ni más ni menos! ¡Más de más ni menos! ¡De más y menos! Y de aquello… de aquello me pregunto ¿Qué sería de aquello sin esto? ¿Qué sería de ti sin esa hermosa jovencita? Aunque solo se muere por el filo, muchacho. Pero ¡Caramba! ¡Esa mujer está hecha toda una metáfora!
Y dime ¿De dónde ha salido? Quiero decir ¿Quién la ha hecho? Porque al verla consideré que fuera una ecuación. Lo hice. Pero luego pensé que las ecuaciones son números, y hasta en el simple cabello de la cabellera de cualquier pelagatos para los números sería aquello todo impensable. ¡Cuánto más ha de serlo para aquella beldad que iluminaría junto a las estrellas la noche de los tiempos, las noches de los días, los días sin noches y las noches que hacen días!
Y sí… Aquello que dicen de los números… Ya lo sé. Y también sé que tengo uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco dedos. Y que tengo dos manos, por consiguiente diez dedos. Y que incluso tengo dos pies, lo que son veinte dedos. ¡Los números son una maravilla! ¡Son un poema! ¡Un poema y su métrica! ¡Menuda matriz! Mas, ¿Dónde queda esa matriz en el simple pelo de la cabellera de aquel pelagatos? ¿No ha lugar? Sí ha lugar. Todo tiene su lugar ¿No es así, chico? ¿Qué, dices que no? ¡No ha lugar! ¡No ha lugar! ¡No ha lugar!
Sí, ya lo sé ¡Se me calienta la boca y el hocico me pierde!
Las palabras son todo un tesoro, y tanto más si cabe el silencio. Lo sé, pero allí donde voy allí que encuentro cuerdos ¿Y cómo no se iba a acabar cortando la razón con las esquinas de tanta lógica? Toda línea separa, pero los vértices cortan ¡Y pinchan! Y hoy son las diez locas caras de la cordura.
Dime ¿Quién ha perdido el juicio, el loco o el cuerdo? El loco, por supuesto. Quizá porque es él el juzgado, y el juzgado que le juzga… Es acusado el juez como testigo, y testigo de su cordura su toga y mazo. Pero, dime ¡Cómo se las harán para la partición entre los diez! Pues si el juez reza replicando en su cordura, y el loco reza y replica tanto como replica y reza… ¡Todos son jueces! ¡Locura y cordura! Entonces ¿Cómo saber si los huevos están cocidos o frescos? Habrá que pelarlos ¿Resultaría lógico, no es así? ¡Quién sabría ya decirlo!
Mas, con tanto disparate me ha vuelto a entrar la sed, y de tanto palique tengo el gaznate seco como una tubería vieja. Un trago me vendría de perlas. Vamos a buscarlo.
Perlas. Perlas. Qué importantes son las perlas, chico ¿Puede haber algo más perfecto que la perla? ¿Cómo puede una almeja, sumergida en el mar de incontables gotas, crear por sí misma a partir de un cuerpo extraño algo tan hermoso y perfecto como la perla?
Cuando olvides lo que es la perla, chico, búscala en ella… y si la encuentras, ay si la encuentras… ¡Qué tiemble la tierra toda!
¡Vamos a por ese trago!



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