Paco y Quico hablan sobre Clara y dialogan sobre qué es que pueda ser aquello tan preciado por los hombres, el Amor
– La verdad es que, Paco, a veces te envidio, y mira que eres un desgraciao. A ver… no es que sea yo la flor y nata tampoco, para que vamos a engañarnos. Con nuestra tapa de tortilla y las cervezas estoy mejor que donde se junten las jet sets de ahora a hacer lo que quiera que sea que es que hagan, me imagino yo, vaya. Pero vamos, que aquello pa quienes de sea. Ese gusto a mí sería como un pisotón en los juanetes, pues hace tiempo que perdí la risa, y a una fiesta de esas no se puede ir sin alegría.
Pero en esta la felicidad mía del cualquiera sí que me digo a veces, cagüén diez, Paco, en esta vida estamos para construir algo.
Mira a tu alrededor, todo es construcción. Llámalo crecimiento, aprendizaje, ensamblaje, fabricación, diseño, como más te guste. ¿Qué hay que se mantenga por sí mismo en el mismo estado? Nada. Fíjate desde cuántos sentimientos distintos se pueden crear tantas diferentes cosas en este tiempo nuestro, que llenarían todo cuatro o cinco veces.
Y aquello que has construido sí que me despierta la envidia, Paquito. ¿Qué hay más valioso que lo que se puede construir entre el pecho de dos personas? Ya lo cantó el jipi aquel, güil di nis llu lof, y qué razón tenía. Bueno… Hombre, está bien, ya me entiendes no seas mala gente. No solo es encontrarte con una mujer como ella, con una rareza como la tuya, y que está tan buena, si no el construir en ese sentir.
– Cuando lo pienso también me doy envidia, aun conociendo que, la Fortuna, en ese su juego en que hila los destinos de la vida sobre aquello cuanto vive, gusta de dar una de cal y otra de arena.
Pero mira, yo que lo sé todo, aunque a veces confundo el Danubio con el Volga, lo importante te quiero decir, resulta que en lo que más equivocado estaba era en el amor; cuan lejos está de ser una virtud, pues trasciende a la moral.
– Qué dices, Paco, si la virtud es sinónimo de bueno y grande, y el amor es lo más grande y bueno. Pero no solo es pasión, también es respeto, confianza, tolerancia, cariño, paciencia, y con el tiempo acaba volviéndose esto más importante que aquello.
– Suena bien, Quico. Pero de qué estamos hablando, ¿Del amor o de lidiar con ese tocapelotas que te puedes encontrar en cualquier sitio y que a veces se llama Quico para no armar un cristo? No quieras prevenirme porque el no alienta al sí, y con suspiros mi ilusión ya se construyó un globo en el que subida vuela sobre las luces de su noche.
Virtudes dices. El sol calienta los mares, el agua se evapora, se condensa en nubes, las nubes se hacen grandes, llueve, la lluvia cae sobre la tierra, en la tierra hay semillas, se forman árboles, algunos son frutales, pájaros y animales comen, llegan hombres, los encuentran, hacen tarta de manzana, talan los troncos, hacen casas, están calentitos. Todo ello son consecuencias de la lluvia, y la lluvia producto de que el sol caliente los mares. Lo grandioso es la lluvia, el sol lo divino y el agua de los mares su amada.
Cuántas veces esas virtudes de que hablas suelen ser la consecuencia de lo que es el recuerdo de la lluvia.
Llevaba tiempo pensando que el amor es algo elevado; lo cual es; pero por misteriosa altura. Creía que, como las virtudes, es la cabeza quien tropiezo tras tropiezo lo encontraba en un corazón que está más allá de las nubes. Que era algo por encima de este mundo. Que como la bondad baja de lugar sobreterrenal para frenar la crueldad que surge de no conseguir cuanto se nos antoja, así el amor compartía ese mismo sitio al otro lado del cielo para enderezar desde su lejanía la tierra. Creía que existía una razón meramente celestial, a la que tarde o temprano todo ha de acomodarse o perecer, y así lo grandioso se hacía de ella en nosotros dejando atrás la vileza que reina en el mundo; y nosotros somos sus soberanos.
Pero ahora no creo que el amor sea algo divino, ni que sea una virtud como cuanto se opone al vicio, pues que si en algo se asemeja a las virtudes es por cuanto su cuerpo es puramente un tremendo caos virtuoso.
Cuan cosa diferente es el amor a cualquier otro sentimiento. Que más que a las virtudes se parece al capricho. El amor es el capricho por excelencia. Surge de un lugar más profundo que la razón, un lugar que usa los instintos como el medio en que darse la vida que le es dada. Y nace sin razón alguna, por el simple motivo de su apetecer, porque quiere y así lo desea, porque sí.
Que si el amor no es un germen que eterno nace desde las entrañas de la mundo, cuanto sea divino ni lo comprendo ni lo quisiera comprender. Pues no nace en un lugar paradisíaco donde solo viven ángeles y es precioso e idílico y es bañado por el sonido de arpas y de risas inocentes que bailan al son de su pureza etérea reino todo. Nace en las vísceras, un lugar viscoso, oscuro, pegajoso, lleno de sangre, con el espacio suficiente para bombear sus órganos, pero con la plasticidad necesaria para crearse la vida de sí mismo que a sí se guarda. Que nace de aquello que es vida con mayúsculas, el sentimiento, el instinto, por un vivo impulso de apetecerse en la vida y cuanto lo despierta.
Y es que el capricho tiene un aire misterioso, poderoso, lleno de una fuerza que no se puede explicar, pues esto o lo otro no serían si no esbozos de un dibujo que nunca se agota ni por ello se podría completar. Que de encontrar razones no serían si no circunstanciales, un mero reflejo de sentido. Un querer cuadricular lo que de por sí nace espontaneo enigma sentir de la vida. Pues qué se podría especular sobre el capricho por excelencia. ¿Por qué nada el pez? Se pregunta el hombre. Sangre es el amor y capricho su sentir.
Y es que cuan parecidos son que tal se hacen uno. El capricho solo quiere aquello que le apetece, y exige que toda acción orbite en torno a él, ya bien para buscarlo bien para tratar de aplacarlo. Es intransigente en querer lo que quiere. Obcecado en el desear el objeto que lo motiva, cuyas raíces se terminan sumergiendo hasta el infinito. Es impasible en su anhelo de vivirse e imperturbable cuando se despierta. Que amar es capricho, buscarle razón sinsentido y pensarlo donde se despereza un fuego que de por sí crepita. Y sentirlo, algo intraducible.
– El amor no puede ser un capricho aunque caprichos tenga. El capricho puede ser muy loable, hermoso, tierno, gratificante y cuanto de bueno se le pudiera encontrar, pero también puede ser algo vil, miserable, repulsivo y despreciable, pues a ton ni son canta sus campanas que de colores no miran si no cuanto su querer desea.
– ¿De moral me hablas? Una cosa son los caprichos y otra El Capricho. Que de éste a aquellos el amor da libertad y vía libre a que su complejidad se haga en cada uno como su apetecer desee y termine decantándose por cuanto se mueva en sus tripas.
Los caprichos, conforme a la moral se pueden catalogar según la estética por ejemplo. Respecto al cuerpo: si tales caprichos lo deterioran será que son malos, ya que lo hacen más feo. O aquellos que sirven para resaltar su belleza o depurarlos serán buenos entonces por el contrario. O bien respecto al hogar: Voy a comprar este jarrón, ¿Vale? Porque es una monada y si compramos también unas petunias quedará un centro florido tan precioso, tan bonito que vestirá el salón entero, y es que hay que comprarlo, ¡Míralo! . Y lo bonito que quedará, ¡Comprémoslo! O que en vez de poner el jarrón pones un pájaro muerto. Bonito no va a hacer, y digo yo que empezará a oler fuerte. No parece que sea bueno, y es perturbador. O les decimos según cierta trascendencia: Me voy a comprar unas cuerdas para la guitarra un poquito más caras esta vez para sacar un sonido más limpio y brillante. O me voy a comprar los tratados morales de séneca para ser mejor persona. Eso está muy bien, hombre, y aquello de la música también, que la música puede ser una experiencia cuasi religiosa. O te pones una película gore y durante hora y media se te lleva el diablo. O respecto a la practicidad: Te compras una escoba que barre sola. Bien. Te compras un tigre de bengala, que será lo bonito que tú quieras pero más que bueno parece perjudicial, para ti o para el tigre, eso para quien lo sepa. En fin, cuanto se te ocurra.
Otra cosa es el capricho por excelencia. Para nosotros es un misterio, más o menos bien de bueno para cuanto de eso se juzga, pero si bien no conforme a una razón, aquel capricho por excelencia, en su querer sí lo hará movido por una voluntad que así desee en su caprichante caprichar lo caprichado (pues Nada no puede desear, que sepamos). Incluso si ese caprichoso capricheo allí en su suceder que por tal sucede se hace uno con tal voluntad.
Pues quizá ese capricho por excelencia que es el amor sea la Voluntad que mueve al mundo. La voluntad que se mueve en el universo como su propio ser, y que a la vez es nuestro propio ser manifestándose como un hacer, como en ser, como en estar, como un querer, que es único e idéntico a esa Voluntad que lo es en todo igual a sí misma. Voluntad que es múltiple e individual dentro de la diversidad con la que en sí convive desde su unicidad, y que se oculta tras nuestra voluntad personal, caprichosa, egoísta, banal. Voluntad personal que nos sirve como medio para, sin renunciar a nuestra individualidad, reintegrarnos de alguna manera en esa Voluntad con mayúsculas, para poder reconocernos. Para llegar hasta el camino que esa Voluntad traza como nuestro propio ser, y en el que nos reconocemos plenamente.
De ser tal no debería ser malo El Capricho, o digámosle perjudicial para ser un poco más científicos. Pero claro, ¿Por qué elige entonces El Capricho para aparecerse si cuando los decimos en plural allí cabe desde lo más bello a la aberración más escalofriante?
Pues que a ojos ver míos lo bueno y malo, perjudicial o saludable, en tal capricho por excelencia no desaparece pero se difumina. Que lo correcto te lleva a ser razonable, a no perjudicarte, pero este capricho puede llevar a que lo oportuno no sea lo más indicado. Como no trasnochar si al día siguiente vas a estar cansado. Es contraproducente y poco lógico, y el motivo, caprichoso. Cuanto más por ello imprudente. Que lo razonable está muy bien, pero si no fuera un medio por el cual algo que late por puro gusto gusta de usarlo para divertirse jugando a la precisión, desde la que tanto surge, si lo razonable lo fuera todo, más valdría tirarse por la ventana.
– Bueno, sí, ¿Quién no ha estado de empalmada por irse de fiesta, porque te pille el amanecer en la calle o algún parque, o porque pase la noche y el sol te amanezca despierto? Pero que no puede ser lo mismo el capricho que el amor. El amor es algo que hay que respetar, tiene unas reglas que seguir, no todo vale. Para el capricho lo mismo es ocho que ochenta. Gordas o flacas sus ambiciones son deseos que van o vuelven con la fugacidad de un ¡Eh! No son lo mismo. Que son diferentes. Dos cosas distintas. Esto y lo otro. Blanco y negro. Aquí y allá.
-¿Qué hay más honesto que el capricho que de aquello que le apetece hace su predilección? Ayer me crucé la ciudad para cenarme unos macarrones que se me antojaron. Al capricho por excelencia nadie le tiene que decir lo que está bien y lo que está mal, que en ese su capricho por excelencia encuentra su razón. ¿Cuál sería la razón del capricho si no lo que capricha? Y como ese Capricho está de por sí en él mismo, caprichando encaprichado, el objeto caprichado está por encima de todo porque en todo está el motivo. Tal es el grandioso egoísmo del capricho por excelencia, que el todo es necesario para el objeto caprichado. Los caprichos en general son fugaces porque el motivo salta de un polo a otro de cualquiera de los extremos que puedan encontrar, y así lo que era uno se hacen cientos, que con tal de realizarse nada más miran. El Capricho es de corazón negro, porque guarda todos los colores; en todo encuentra una posibilidad de ser hacia sí, que guarda en su seno un poso multicolor. Los caprichos son cada uno de un color, por eso en sus huellas puede en la misma dirección haber tantas como colores, y allí donde pise un nuevo color será el motivo que hacia aquí o hacia allí va indistintamente. Mas, ¿Es el color negro del que salen los demás colores, o son los demás colores los que juntándose hacen al negro?
¿No tienes esa canción que cada vez que te la pones te suena mejor? Pero una canción de música no desea, ¡Qué maravilla! (¿O sí desea? ¡Ojala que sí desee!). Caprichar algo vivo es agotador, y si es una persona qué decir tiene, pues pedimos más que esos que con chaleco se visten de ong «Colega, si yo quiero firmar, el mundo es para tod… ¿De dónde has dicho que son? ¿Rukutanda? ¿Pero eso existe? Bueno, es igual. Lo que sea. Mira, si quiero firmar, pero ni sé escribir, ni recuerdo el banco ni la dirección de casa, así que toma dos kilos de arroz y otro de pasta. ¡Y suéltame el brazo, que es mío!».
Y es que el hombre es lo eternamente insatisfecho. Pareciera como si la felicidad fuera el vuelo de un pájaro que, viniendo desde algún lugar desconocido, hubiera decidido que el tiempo es aquello que tiene que atravesar con ese su grácil, caótico, elegante, divertido y brillante volar. Ese volar que cuando el hombre lo ve, le recuerda lo que en su corazón es aquel sueño en que se imagina lo que es la libertad, un pequeño y delicado pájaro, que al batir su alas en vuelo, del viento hace la alegría en que se divierte contento, impredecible, saltarín, solemne, orgulloso, despreocupado y maravilloso en ese entregarse a su volar que acaricia la perfección. Pero como si el tiempo fuera un juego de pilares en que las horas se yerguen inamovibles, en las que el hombre construye sus días, los cuales se anclan a la tierra con la fuerza del querer que atar a la incertidumbre desea, tal errático, lúcido y sutil vuelo de la risueña, indiferente y cariñosa felicidad hecha pájaro, que se alza en su glorioso vuelo, nos recuerda cuan las horas es aquel paisaje inmóvil, inerte, carente de viva vida en que la propia vida se levanta. Que sin felicidad no habría vida, y sin vida no habría felicidad. Mas que en la vida, hecha el precioso paisaje en que la felicidad vuela, no puede si no posarse aquel pájaro que nació para volar, y que los hombres vemos desde el castillo de los minutos. Y un capricho nos embriaga el pecho ¿Y si pudiéramos volar? Que la felicidad viene y va, movida por la libertad que es la amante del viento, pues que en tal felicidad, libertad es el amor por el viento, que sopla su eterna vida haciéndose cuerpo para que su amada la felicidad vuele. Tal es el capricho del viento, la felicidad y la vida en que se hacen un solo anhelo. Mas ¿Qué es el hombre, que sus pies se anclan a las horas y su cabeza sueña con la felicidad que las une, sobrevolando sobre ellas, como esa vida que junta los fragmentos de piedra rota que es el tiempo? Una contradicción que guarda en sí el germen necesario de la confusión.
Pues gracias al cielo que los caprichos con chascar los dedos no se realizan, pues si no cada vez que saliéramos estaríamos cambiando la temperatura cada cinco minutos, pues cada dos por tres alguien la cambiaría a su gusto. Que si todos los caprichos se realizasen, con el tiempo acabaríamos por dejar de caprichar, pues ¿Para qué? Sin privación cómo valorar la maravillosa fugacidad cuando todo es permanente. El Capricho desaparecería, y quien tal quisiera sería un descerebrado. Con un poco de suerte, si eres del gusto de ensimismarte, empiezas a desconfiar un poco de los caprichos, con un poco más de suerte todavía, comienzas a aceptarlos, y si eres afortunado, encuentras El Capricho.
– Yo si pudiera cumplir todos mis deseos sería más feliz que unas castañuelas. Un mundo hecho a mi medida, donde nada hay malo. Ni tristeza, ni dolor, ni dudas, ni arrepentimiento. Sin pesares, malos ratos, insatisfacciones, ni momentos a mejorar, ¡Pues serían mejorados! De tal forma que nunca hubiera sido necesario mejorarlos, pues ya desde siempre serían los mejores posibles. Para mí ese sería un mundo perfecto.
– Porque tú eres cojonudo, y tanto lo bueno te sabe a poco que todo tiene que ser perfecto. Sabremos lo que es lo perfecto. ¿Qué es lo perfecto? Pues ¿Estaría el hombre preparado para vivir una perfección que no fuera fugaz, o es el hombre una fugacidad anhelante de eternidad, cuya eternidad le da forma y es en su rozarla donde nos permite trascender la mortalidad que nos envuelve?
Aquel ingles de nombre imposible de escribir, a mi juicio contó sobre el amor de una curiosa forma en ese su Romeo y Julieta. Pues mostró esa naturaleza del amor que tan superior es al hombre; que pese a que el amor es algo que vive en él, es algo que le supera de tal manera que si el amor estuviera todo el rato en el hombre, lo mataría. ¿Podría ser de otra forma? Y para reflejar la condición del hombre, se le ocurrió hacer una sátira en la que se mostrara esa debilidad del hombre frente a tamaña monstruosa criatura que es el amor; pues la exposición es total frente y contra la entrega cuando tal llega.
Amanece la historia con el joven Romeo enamorado, con un amor tan grande, tan profundo, tan intenso, que en las entrañas de su pecho grabado con el candente acero de la pasión desbocada, su alma se deshace en los cantos que a la desgracia entonan, pues, la felicidad, que de gracia divina se embriaga en su sentir, lo ahoga en un pesar tan descorazonador, que a la desdicha conjura en lamentos por la mala fortuna que su bendito amor le hace padecer.
¡Ay, joven Romeo! Que la simple caricia, que de mano de tu amada se hiciera en ese tal dulce roce el gesto amoroso de cariño en que vuestras pieles se tocaran como en un suspiro, a tal altura te llevaría, a tal altura pondría tu ardiente corazón, que no habría cielo posible, imaginable o pensable, que no mirara con envidia hacia esa interminable altitud, a la cual ni el eco de admiración de los dioses podría en leve susurro alcanzarte.
Que tal es su dolor, que a la tristeza le hizo cuerpo en que poder convalecer, tanto en carne como en espíritu, el sufrir que tal amor no correspondido le marca el signo de la desalentadora pena.
Mas que en su avanzar la historia, entre palabras con quien de pertenecer a casa Montesco es el acompañarle camino por las calles de Verona, el nombre de su amada sale a relucir. Mas tal el nombre no es el de Julieta el que fue dicho, pues no la conocía todavía. Si no que el nombre de aquella mujer que a Romeo le fue atravesado con daga de amor ardiente como haber tal otro posible parecer no hubiera, concluyó en pronunciarse, y tal nombre que en su decir fue resuelto, resulto ser ; Rosalina.
Una mujer a quien apenas había visto contadas las ocasiones, y que si bien palabra de su boca apenas fue escuchada, que su voz entre varias fueran puestas al mismo tiempo para que él las escuchara, difícil le sería el reconocerla entre las que hablaran ocultándose en la suya propia. Pues más que verla la imaginó, pues no la escuchó ni recitar cuatro las palabras juntas de su boca suya.
¡Ay, Romeo! Qué amabas si no un ideal, un ideal amor que por tal ser amor, sin ser conocido, es sentido como falta de cuanto estar debe como el aire necesaria su presencia es requerida.
Y es que de pronto, por el destino que en azar se viste de quienes tal le proponen colarse en la fiesta que en casa de los Capuleto se celebra, Romeo ve a Julieta, y tan prendido queda por Julieta, que de cuanto mujeres hubiera en tal baile, sus ojos solo a ella iluminan desde esa belleza que de luz los llenaba para mirarla.
¡Cuan ideal de amor nada puede contra mujer, frente a mujer que es vivo reflejo de cuantas maravillas soñadas en fervor del deseo se cubren del cuerpo que a belleza de amor hacen a esa una sola mujer!
¡Que un poro de la piel de Julieta mil veces más que mil cielos vale, donde, en espacio tal, Rosalina, quedaría presa en el collar que posado en el pecho de Julieta, que a mil soles daría cabida en tan grandiosa beldad, se hace tal hermosa carne la amada de Romeo donde ideal collar se convierte en la peca del cuerpo de Julieta! ¡Así es tan grande belleza cuerpo alma Julieta!
Mas lo que no se dijo es que, por aquella condición del hombre frente al amor, en tal historia de amor se pintó a Romeo un inconsciente que en orgullo tentarlo fuera posible a manos de la dignidad y la honra.
Pues que una vez correspondido el amor que ahora en éxtasis explosión da forma al infinito eterno, hecho en aquella mujer de carne y hueso, a quien desear es su sustento donde posible invisible todo brilla en el color de sus ojos, resplandece en el más pequeño gesto que tal su mujer amada hiciera desplegando su tesoro alma, pese a que enemistad entre ambas familias levantaron prohibición de que tal boda imposible resultara celebrarse, habiéndose puesto de acuerdo en tal amor escaparse para consumar matrimonio, por la afrenta en que en un fortuito encuentro recibe a su dignidad Romeo, mata a quien tal deshonra le hubiera condenado a cargar si de tal reacción no hubiera sido su actuar.
Pues sabiendo que tal muerte que provocaría de no contenerse en procurar salvaguardar el honor de su honra, preso lo llevaría alejándolo de su amor, decidió satisfacer el orgullo de que tal destino soñado lo separaría.
¿Qué parecería ser si no la tragedia de un inconsciente enamorado que una vez teniendo cuanto amor le era en su pecho llama de vida, por algo tan vano como un qué dirán, refrenarse en orgullo imposible le resultó dar muerte a quien vida le quitara? Que preso en destierro sería y su amor condenado quedaría. (Mas que en esta historia amantes Romeo y Julieta algo se esconde que al Amor concierne, y así a quienes amantes se consideren por presos del tirano y dulce amor ser prisioneros de su infinita cárcel).
Pues que a tal noticia del destierro, tramando con un amigo de ambos la muerte de su amada, con pócima en que le sería dado que tal yacer inerte fingiera su tal propósito; para con ello poder escapar con Romeo y consumar su matrimonio, por un descuido destiempo, noticia de tal teatro en que de muerte interpretaba Julieta; farsa que con dos días le serían suficientes para su resurgir de sueño muerte en vida, no le es llegada a Romeo la tal falsa muerte planeada para que al despertar puedan escapar juntos. Que tan solo con recibir el mensaje que le fue enviado, cerciorándose de hacerse llegar en clamo al mensajero, tal amor hubiera perdonado al joven Romeo la tal desafiante afrenta que al amor hizo al escoger matar por orgullo en lugar de amar.
Mas no se hubo enterado a tiempo, pues tal noticia que llegarle era destino, en su motivo se extravío y no dio en dar con su cometido, y al llegar donde su amada, muerta en su ataúd, presidiendo su propio entierro, del que no fue si no argucia para alcanzar los planes que justicia al amor rindieran, en desconsolado llanto Romeo su pecho ahogado se desangró en lágrimas. Preparo una pala y un puñal, el desenterrar el féretro donde su amada yacía en velar sopor; que despertar resolviera en ese su escaso trance en que por momentos moría y que, sueño tal despertarse anunciaba el fluir de su sangre que ya limpiaba el veneno, mas, Romeo, una vez profanó la tumba de su amada, y verla muerta, quitarse la vida para yacer eternamente junto a su cadáver fue cuanto pudo entregar al amor. Pues del beso con que de su amada que a sus labios juntó los suyos, y de vida toda con ella, despedirse hacía en tal tragedia que fortuna ceñó su negro manto de muerte alrededor de tal desventura, de tal fatalidad del devenir que fue su inconsciencia, y muerto cayó tendido al lado de su amada.
Cuán la sorpresa de Julieta al ver a su amado muerto frente a ella, cuando de su pócima engaño despertó para emprender la huida planeada, que haría a boda fin glorioso pusiera a tan triste historia. Mas que al ver a su amado muerto, cogiendo el cuchillo que Romeo trajo consigo para de muerte se hiciera su verdugo, se lo clavó a sí Julieta para que la muerte juntara en la eternidad lo que en vida, con tan arduo impedimento, se levantó contra la resolución de amor que se dirigía hacia el vivirse en amantes que vida anhelaban en brazos el uno del otro.
Pues que bajo la tragedia que tal inglés pintó en esta historia, hace al amor realizable; mas, en ese su poder realizarse en los amantes, esconde la imposibilidad de la condición humana de alcanzar aquello cuanto, por inmortal ser el amor, inalcanzable resulta necesario ser a los mortales la consumación de amor cuya aspiración es poseerlo. Y lo hace en clave de sátira, presentando al amor dispuesto, siendo los amantes los que por distintas razones, que a ellos mismos y a la suerte atañen, terminan por no poder consumar dicho amor. Pues sentir no es poseer y ¿Será posible poseer al amor?
Mas, que es el propio amor quien contra ellos se conjura por causa del orgullo de Romeo, al que parece perdonar, pero que de no hacerle oír el mensaje que boda hubiera sido conclusión le marca ser el destino que para ellos urdía en muerte. Pues el orgullo que hace a romeo dar muerte a quien por ello prisión destierro le condenó, que desembocó en no recibir la noticia que muerte fingida tramaba que en tal resurrección despertar, el matrimonio fuera el desenlace de tal historia de amor entre amante y amada, amada que ama y amante amado, pues que, tal orgullo que de inconsciencia se viste en tal historia a manos de muerte, pudiera ser el orgullo del querer los amantes hacer del amor en vida una inmortalidad que se vive en pura dicha para en vida vivirse. Pues tal resulta en esta tragedia que es el amor quien posee a los hombres y no los hombres quien poseen al amor. Pues el amor, impasible, cariñoso, pero imperturbable ante las súplicas que hombres hacemos para que se muestre indolente con nuestro amor, que eterno nos arde en el pecho, parece tener que estar ligado a la tragedia que a la distancia condena a los amante si de tal inmortal amor quieren hacer vida.
Pues que pinta al amor como tragedia, como tantas veces fue pintada, por ser amor cuanto a hombre por naturaleza supera. Que la distancia que separa vida de eterno es el sabor que amantes encuentran al besarse en los labios del amor. Que desde las manos de la mortalidad que condición es del hombre, el inmortal amor vuela entre la muerte de cada segundo que a vida se dan en su aparecer, ¿Será posible para los hombres poseer el amor en esta vida que es muerte viva de la que se originan las horas?
¿Será tal cosa el amor? ¿Sería lo prudente arriesgarse y lo temerario ser precavido, o sería al revés? ¿Vida o eternidad? ¿Eternidad o vida? ¿O la tragedia de esta historia nada tiene que ver con un amor inmortal que tuviera un propio corazón en los amantes de la forma que esto fuera posible?
– Que misterio es el amor, y misterio es la vida, y que tal vez sean amor y vida la misma cosa. Mas que lo que sea el amor, como se le quiera nombrar o llamar, describir o con lo que comparar, que sí en él al tiempo hace suyo, y a un segundo de su dicha, una eternidad.



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